Dos esposos extraviados y un gato perdido
Cansado de lo rutinario de su trabajo en un bufete de abogados, Tooru
Okada, el protagonista de esta historia, decide renunciar a él. Mientras
consigue un nuevo empleo, pasa los días como amo de casa, situación que a su
esposa Kumiko parece no molestarle.
Ahora que tiene más tiempo libre, Tooru sale a buscar a Noboru Wataya, su
gato, que lleva semanas sin dar señales de vida. Inicia su búsqueda en un
callejón muy cerca de casa, donde sospecha que podría estar. Durante la visita
al callejón, conoce a May Kasahara, una simpática adolescente que vive en el
sector. También, descubre una casa abandonada que tiene en su interior una
estatua de un pájaro de piedra y un pozo de agua en desuso. Del gato no hay
noticias, y spoiler, seguirá desaparecido hasta casi el final de la novela.
Algo importante que debo comentarles del libro es que su ritmo narrativo
oscila entre el presente y extensos recuerdos del pasado. Y también en varias dimensiones temporales, por lo que
habrá momentos, al igual que Tooru, donde usted se sienta perdido y diferenciar
la realidad de lo onírico le cueste trabajo.
Tooru lleva en apariencia una vida normal, sin demasiados sobresaltos. Pero
tras renunciar al bufete de abogados, será sacudido por una serie de eventos
extraños y desconcertantes.
A petición de Kumiko, Tooru contacta a una vidente para que les ayude a
encontrar al gato. La vidente no ayuda en nada, pero le presenta a su hermana
menor, con la que Tooru más adelante tendrá un amorío breve. Tooru descubre que
alguien le ha regalado a su esposa una costosa colonia y días después ella
desaparece. Luego, Kumiko le envía una carta a Tooru confesándole que le ha
sido infiel, y por largo tiempo, que perdone las molestias por marcharse de
casa sin decir nada, y que no la espere porque no va a volver.
A estas alturas, de seguro se estará preguntando, ¿cómo es que pasamos de
un gato perdido a la ruptura del hogar de los Okada? Lo sé, es bastante
información por procesar, y créame, se pone más denso aún. Pero no se preocupe,
vaya con calma. Tal cual el autor del libro considera su escritura, una
maratón, asimismo usted considere su lectura. Cuídese de gastar energía en vano
intentando comprender ciertos sucesos, y verá como a lo largo de la obra los
aparentes cabos sueltos comienzan a atarse.
En medio de todo este caos, Tooru se hace amigo de May Kasahara. Se ven con
relativa frecuencia, tienen charlas existenciales en el jardín de la casa de la
chica, y hasta salen a la calle a clasificar cabezas calvas, un trabajo a medio
tiempo que tiene ella en una empresa de pelucas. Otra mujer con la que entabla
relación es Creta Kano, la hermana de la vidente. Ella, después de contarle su
pasado a Tooru y de mantener encuentros íntimos con él, físicos y mentales, le
propone que se vayan a vivir a una isla en el Mediterráneo.
Y es aquí donde se da uno de los momentos más significativos de la novela,
o al menos para mí. Nuestro protagonista, un treintañero común y corriente,
cuya existencia antes de los recientes acontecimientos era ordinaria y anodina,
decide declinar la oferta de Creta y concentrarse en descubrir qué carajos está
pasando con su vida y cómo llegó hasta aquí.
Irse de Japón tal vez era la oportunidad perfecta para empezar de nuevo, y
quizás también la decisión más razonable. No tiene empleo, ni casa, ni hijos y
su esposa lo ha dejado así sin más después de seis años de casados. Pero Tooru
sabe que huir no resolverá nada. Necesita confrontarse a sí mismo, descender a
lo más profundo y oscuro de su alma y enfrentar sus miedos. Además, le urge
saber el paradero de Kumiko, que rehúsa verse con él y de quien sospecha está
en peligro.
En esa búsqueda de respuestas, Tooru seguirá encontrándose con más
personajes y situaciones enigmáticas. Como el teniente Mamiya, un amigo de un
viejo conocido de Tooru, que le cuenta a este último cómo, durante su
participación en la guerra de Manchuria, vio desollar vivo a un oficial japonés, entre otros eventos
traumáticos. O la peculiar mancha azul que le sale a Tooru en la cara, que le
servirá después para ganar cientos de yenes y comprarse una casa. Una casa
abandonada con un pozo profundo y una estatua de un pájaro de piedra.
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es una obra compleja, delirante, surreal, adictiva y, si
se quiere, algo triste. En ella, Murakami nos muestra esas luchas internas y
vacíos existenciales que de a poco comienzan a consumirnos, a corroernos, a robarnos
el aliento. Pero también retrata esa persistencia humana por no sucumbir ante lo
absurdo, ante el dolor, por esa búsqueda de sentido, a veces intermitente, que
se convierte en la única manera de aferrarnos a la vida.
Esta novela te despabila, te despierta de ese loop constante en el
que solemos vivir. Por desgracia, necesitamos duros golpes de realidad para percatarnos
de lo frágiles que somos. Solo cuando experimentamos episodios dolorosos como la
pérdida de un ser querido o la marcha de alguien que amamos, nos damos cuenta
de que estar vivos, como recién le escuché a un escritor colombiano, no es
normal, es un milagro. Un milagro con fecha de caducidad.
La Mona y el querubín
En las fronteras colombianas con otros países o en el aeropuerto El Dorado, en lugar de un letrero con las palabras «Bienvenido a Colombia», debería ir esta frase de Truman Capote: No hace falta estar loco para vivir aquí, pero facilita las cosas. De ninguna otra manera podría explicársele al mundo, y a nosotros mismos, cómo le hacemos a diario para lidiar con nuestra realidad tan folclórica, absurda, sangrienta y desigual.
Buenas. Para esta entrega, el libro reseñado contiene bastante lenguaje bíblico, lluvias torrenciales y gente pobre. Con él, además de reírse con agrado, aprenderá sobre ángeles, hará una inmersión en las barriadas bogotanas y presenciará, como dice su autora, ese sentimiento fuerte de desprotección que llevamos todos los colombianos. Bienvenidos a Dulce compañía, de Laura Restrepo.
Esta es la historia de la Monita, una reportera de la revista Somos a la que nunca le conoceremos su nombre de pila. Ella es enviada por su jefe a un barrio marginado de Bogotá a redactar un artículo sobre la supuesta aparición de un ángel. El encargo no le agrada mucho, aparte de estar cansada de escribir frivolidades para la revista, considera los asuntos religiosos como esas típicas historias de gente supersticiosa y de bajos recursos. Pero la orden del jefe es clara, así que acepta sin protestar.
En medio de un fuerte aguacero, la Mona llega hasta las faldas del barrio Galilea, ubicado en una loma que parece ir al cielo. Inicia su investigación en la parroquia del barrio, donde es recibida de forma arisca por el padre Benito, que se indispone al ser indagado sobre el supuesto ángel. La Mona sigue su recorrido y entra a una tienda llamada La Estrella. Allí, tras conversar con los dueños del negocio, le es asignada la compañía de Orlando, un pequeño que la guiará a su siguiente destino.
Mientras caminan loma arriba, Orlando le revela detalles sobre el ángel a la reportera, quien se sorprende al escuchar que no es una aparición o una estatua como ella creía, sino un ser de carne y hueso. Tan real es que hasta tiene mamá, «como todo el mundo»; se llama Ara. En cambio, no tiene nombre y tampoco habla; bueno, sí habla, pero otras lenguas, nada de Spanish.
Empapados hasta el alma, la Mona y Orlando llegan a una casa en obra negra bastante humilde y con fuerte olor a sahumerios. Adentro, dirigidos por sor María Crucifija, líder de la junta que administra el ángel —porque sí, el Ángel de Galilea tiene su propio staff—, un grupo de mujeres y peregrinos reza el rosario de rodillas. Aquí la Mona, aparte de ser obligada a rezar el rosario, es instruida para visitar la morada del ángel, un paraje a diez minutos de la casa, conocido como las Grutas de Bethel.
Incrédula y un poco decepcionada, la periodista comienza a creer que sus sospechas son ciertas, que ese cuento del ángel es una farsa, una patraña de algún vivaracho para enredar a la gente y sacarle unos pesos. Sin embargo, preocupada porque aún no tiene material para el artículo, decide continuar la travesía en dirección a la montaña.
Luego de las indicaciones de sor Crucifija para entrar a lo que ella llama «Tierra Santa» —que cantar el trisagio[1], que quitarse los zapatos, que hablar así, que caminar asa— penetran una oscura y húmeda cueva, iluminada tan solo por la linterna de Crucifija. Avanzan unos cuantos pasos y la líder de la junta les ordena detenerse y aguardar allí. La espera en esa oscuridad pone nervioso al grupo, que apunta del trisagio, intenta ahuyentar los extraños ruidos de la cueva. El tiempo se detiene en aquel lugar tan irreal, entonces, sin presentación previa, su presencia se materializa, se hace carne. La Mona lo ve, y lo siente, y a pesar de ser un hombre, reconoce que no pertenece a este plano.
Como les mencioné con anterioridad, el ángel no habla nuestro idioma. Sin embargo, puede expresarse en lenguajes más universales, como el del amor, en el que, valga la pena decirlo, se desenvuelve muy bien. Tan bien lo hace, que en medio de aquella oscura gruta, supongo en una incomodidad terrible, le hace saber a la intrépida reportera que para llegar al cielo primero se debe pecar. Y ella le cree, con su cuerpo y con su ser, le cree.
La historia continúa con más lluvias intensas, hospitales psiquiátricos, procesiones multitudinarias y curas negacionistas de los inescrutables designios del Señor. Y por supuesto, el ascenso del ángel.
«Colombia es el país del mundo donde más milagros se dan por metro cuadrado —comenta la Mona—. Bajan del cielo todas las vírgenes, derraman sangre los cristos, médicos invisibles operan apendicitis… Tenemos línea directa con el más allá». Supongo que se debe en parte a nuestra permanente sensación de abandono, a esa imperiosa necesidad de hallarle respuesta a todo, así sea en las manifestaciones más etéreas y abstractas.
Parece irracional tanta religiosidad y superstición, pero como nos ha mostrado Laura Restrepo en varias de sus obras, somos una sociedad delirante, enajenada. Enajenada al dolor, a la nostalgia, al amor, a todo aquello que nos haga sentir bien. Y en especial, a aquello que nos permita saber que no estamos solos.
Dulce compañía no es una mofa a la religión, es quizás el recordatorio de las muchas realidades que vive este país. Con ironía y desparpajo, Restrepo nos narra esa Colombia devota, llena de fe y creencias religiosas, que resiste a la marginalidad y a la tragedia a punta de rezos y cantos sagrados. También, nos muestra cómo, ante la ausencia histórica de quienes por mandato terrenal deben protegernos, muchos optan por aferrarse a lo divino, a esa atractiva promesa de redención eterna. Qué más da si es en la otra vida o de la mano de un ángel de carne y hueso.
[1] Cantos seráficos en honor de la Santísima Trinidad, donde se repite la palabra «Santo» tres veces.
Millennium: Libro uno
«[…] Acabo de pasar unas
semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza
ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, la
trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de
niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de
Dickens y de Víctor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página "¿Y ahora
qué, qué va a pasar?"»[1].
Esas eran
las palabras de Mario Vargas Llosa tras leer la trilogía Millennium, situación muy
similar a la experimentada por cientos de lectores de la obra.
A esta saga le guardo un
gran aprecio. Con ella descubrí que la realidad no es suficiente, se necesitan
más dimensiones para poder habitar nuestros otros yo. Además, consolidó en mí
el hábito de la lectura y convirtió a los libros en una de mis mayores alegrías.
Por esa razón, hoy les hablaré de su primer tomo: Los hombres que no amaban
a las mujeres, que puede leerse de manera independiente a los demás.
Henrik Vanger, un magnate sueco en retiro, le pide al reconocido periodista
Mikael Blomkvist que le ayude a esclarecer la desaparición de su sobrina
Harriet Vanger, ocurrida hace más de treinta y seis años. Él cree que fue
asesinada y está seguro de que el responsable es alguien de su familia. A
Mikael no le suena mucho la idea, acaba de perder un juicio contra un
reconocido empresario por un tema de difamación, así que no anda de humor para
buscar gente perdida. Sin embargo, accede cuando Henrik, además de ofrecerle
una generosa suma por el trabajo, le promete entregarle en bandeja de plata a
ese reconocido empresario con el que tiene problemas.
Para iniciar su investigación, Mikael se traslada a la isla de Hedeby, en Hedestad,
un pequeño pueblo al norte de Suecia, donde vive la familia Vanger. Allí, Henry le entrega el material que guarda
sobre Harriet: informes policiales, fotografías y algunos objetos personales de
ella, entre los que destaca una libreta con extrañas anotaciones. También le
advierte a Mikael que tenga cuidado con su familia, es gente avara, deshonesta,
facha y con simpatía por el mismísimo Hitler.
Antes de continuar con el caso Harriet, quiero presentarles a Lisbeth
Salander, coprotagonista de esta historia y uno de los personajes femeninos más
memorables de la literatura moderna. Ella es una chica brillante, de una
inteligencia superlativa. Su increíble habilidad para las computadoras la hace
una superhacker y la mejor investigadora de Milton Segurity, la empresa
donde trabaja.
Todo va bien con ella hasta que debe interactuar con otras personas. Ese
carácter difícil y la forma como se viste y actúa, alejado de los clásicos
estándares femeninos, la hacen ver como un bicho raro y una antisocial. Lo que
nadie sabe es que ese bicho raro tiene un pasado complejo, marcado por abusos y
violencia, al que a su manera y con sus propios medios ha logrado sobrevivir.
Su dureza, más que una actitud, es el blindaje para repeler esa sociedad que la
ha marginado desde pequeña.
Al revisar el material entregado por Henrik, Mikael realiza dos hallazgos
importantes. En las fotografías del desfile del Día del Niño de 1966, día de la
desaparición de Harriet, ella adopta durante un momento una actitud
de miedo, como si hubiese visto algo que la perturbara, y huye del lugar. El
segundo hallazgo se da gracias a la hija de Mikael, que luego de visitarlo en la isla, le hace ver a este
que las anotaciones en la libreta son referencias a pasajes bíblicos, lo que él
corrobora al consultar la Biblia.
Como cada vez debe analizar más información, Mikael le pide al abogado de
Henrik, el señor Frode, que le consiga un asistente como apoyo investigativo.
El señor Frode le dice que por supuesto, que de hecho tiene a la candidata
perfecta.
—¿Así, y quién es esa?, pregunta Mikael.
—Se llama Lisbeth Salander, es una investigadora excepcional. Elaboró un
informe muy completo y riguroso sobre usted.
—¿Estuvieron investigando mi vida? —replica Blomkvist sorprendido.
—Tranquilo, hombre, son cuestiones de procedimiento. Lo importante aquí es
que ella es la persona indicada para esta tarea. Créame, yo sé por qué le digo.
A partir de ese momento, se da la junta menos pensada pero efectiva de la
trama. Mikael y Lisbeth, don correcto y doña lo hago a mi manera,
unen esfuerzos para desenmarañar la extraña desaparición de Harriet. Lo que
hallaran será turbio, returbio. Violaciones, mutilaciones, sadismo y crímenes
de odio son parte de las atrocidades cometidas por alguien que desprecia a las
mujeres y que, ¡oh sorpresa!, está ligado al clan Vanger. Henrik tenía razón,
hay un asesino en la familia.
Las investigaciones continúan y el dúo dinámico está muy cerca de llegar al
fondo del asunto. Mientras Lisbeth revisa los archivos del grupo Vanger,
Mikael, sospechando quién podría estar detrás de toda esta movida psicópata, se
introduce de manera clandestina en la casa de este, con tan mala fortuna de ser
sorprendido en el acto. El asesino lo obliga a bajar al sótano, donde tiene
adaptada una cámara de tortura, y allí lo golpea y lo encadena.
Mientras está por matarlo, le cuenta con serenidad y de manera pormenorizada
cómo procede frente a sus víctimas. —¿Y Harriet?, ¿qué pasó
con Harriet?, le pregunta Mikael al asesino, y este le responde que no la mató,
lo hubiera hecho de ser posible, pero ella desapareció primero. —¿Sigue viva?
—No lo sé, creí que lo averiguarías —dice exasperado el asesino, disponiéndose
a silenciar a Mikael.
Los hombres que no amaban
a las mujeres es un libro apasionante, adictivo, de
esos que te atrapan desde el inicio y del que quedas picado una vez lo
terminas. Misterios, crímenes, sorpresas, aventuras y personajes entrañables
hacen parte del fantástico entramado en que se ve envuelto el lector.
Esta novela, más allá de
proponer la resolución de un crimen, expone la corrupción y el abuso de poder que
se da en las instituciones y en las personas de prestigio, que con frecuencia suele
quedar impune. Sin embargo, para fortuna nuestra, Larsson creó a una justiciera
informática capaz de vengar esas injusticias y de redimir a los marginados. Una
heroína anónima consciente de que ni el establecimiento ni las personas vendrán
a ayudarla.
Y tal vez este sea uno de
los aspectos que más abraza el lector. La idea, como dice Vargas Llosa, «de que
no todo está perdido en este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó, porque,
acaso, allá, refundido entre la multitud», existe alguien dispuesto a enfrentar
a todo el que quiera pasarse de listo y ventajoso, en especial con los más
indefensos.
Si llegaste hasta aquí,
gracias por seguir leyéndonos y apoyar este contenido. ¡Nos vemos en la próxima!
[1] El País, SL, 2009. Mario Vargas Llosa, Lisbeth Salander debe vivir. https://elpais.com/diario/2009/09/06/opinion/1252188011_850215.html
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