Dos esposos extraviados y un gato perdido
Buenas. Este año, hasta donde las circunstancias nos lo permitan, estaremos
reseñando cada mes un libro. No habrá temas, autores ni géneros específicos.
Los libros reseñados serán elegidos al arbitrio de este servidor, procurando en
lo posible que dicha elección sea de lo más selecta y variada.
Para esta ocasión, iniciaremos con Crónica del pájaro que da cuerda al
mundo, del escritor japonés Haruki Murakami. Si aún no ha leído nada del
señor Murakami, no estaría mal primero darse una vuelta por alguna de sus obras
un tanto más ligeras. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es
extensa y algo compleja, por lo que comenzar con ella podría disuadir la
lectura de este gran autor.
Fin de los avisos parroquiales.
Cansado de lo rutinario de su trabajo en un bufete de abogados, Tooru
Okada, el protagonista de esta historia, decide renunciar a él. Mientras
consigue un nuevo empleo, pasa los días como amo de casa, situación que a su
esposa Kumiko parece no molestarle.
Ahora que tiene más tiempo libre, Tooru sale a buscar a Noboru Wataya, su
gato, que lleva semanas sin dar señales de vida. Inicia su búsqueda en un
callejón muy cerca de casa, donde sospecha que podría estar. Durante la visita
al callejón, conoce a May Kasahara, una simpática adolescente que vive en el
sector. También, descubre una casa abandonada que tiene en su interior una
estatua de un pájaro de piedra y un pozo de agua en desuso. Del gato no hay
noticias, y spoiler, seguirá desaparecido hasta casi el final de la novela.
Algo importante que debo comentarles del libro es que su ritmo narrativo
oscila entre el presente y extensos recuerdos del pasado. Y también en varias dimensiones temporales, por lo que
habrá momentos, al igual que Tooru, donde usted se sienta perdido y diferenciar
la realidad de lo onírico le cueste trabajo.
Tooru lleva en apariencia una vida normal, sin demasiados sobresaltos. Pero
tras renunciar al bufete de abogados, será sacudido por una serie de eventos
extraños y desconcertantes.
A petición de Kumiko, Tooru contacta a una vidente para que les ayude a
encontrar al gato. La vidente no ayuda en nada, pero le presenta a su hermana
menor, con la que Tooru más adelante tendrá un amorío breve. Tooru descubre que
alguien le ha regalado a su esposa una costosa colonia y días después ella
desaparece. Luego, Kumiko le envía una carta a Tooru confesándole que le ha
sido infiel, y por largo tiempo, que perdone las molestias por marcharse de
casa sin decir nada, y que no la espere porque no va a volver.
A estas alturas, de seguro se estará preguntando, ¿cómo es que pasamos de
un gato perdido a la ruptura del hogar de los Okada? Lo sé, es bastante
información por procesar, y créame, se pone más denso aún. Pero no se preocupe,
vaya con calma. Tal cual el autor del libro considera su escritura, una
maratón, asimismo usted considere su lectura. Cuídese de gastar energía en vano
intentando comprender ciertos sucesos, y verá como a lo largo de la obra los
aparentes cabos sueltos comienzan a atarse.
En medio de todo este caos, Tooru se hace amigo de May Kasahara. Se ven con
relativa frecuencia, tienen charlas existenciales en el jardín de la casa de la
chica, y hasta salen a la calle a clasificar cabezas calvas, un trabajo a medio
tiempo que tiene ella en una empresa de pelucas. Otra mujer con la que entabla
relación es Creta Kano, la hermana de la vidente. Ella, después de contarle su
pasado a Tooru y de mantener encuentros íntimos con él, físicos y mentales, le
propone que se vayan a vivir a una isla en el Mediterráneo.
Y es aquí donde se da uno de los momentos más significativos de la novela,
o al menos para mí. Nuestro protagonista, un treintañero común y corriente,
cuya existencia antes de los recientes acontecimientos era ordinaria y anodina,
decide declinar la oferta de Creta y concentrarse en descubrir qué carajos está
pasando con su vida y cómo llegó hasta aquí.
Irse de Japón tal vez era la oportunidad perfecta para empezar de nuevo, y
quizás también la decisión más razonable. No tiene empleo, ni casa, ni hijos y
su esposa lo ha dejado así sin más después de seis años de casados. Pero Tooru
sabe que huir no resolverá nada. Necesita confrontarse a sí mismo, descender a
lo más profundo y oscuro de su alma y enfrentar sus miedos. Además, le urge
saber el paradero de Kumiko, que rehúsa verse con él y de quien sospecha está
en peligro.
En esa búsqueda de respuestas, Tooru seguirá encontrándose con más
personajes y situaciones enigmáticas. Como el teniente Mamiya, un amigo de un
viejo conocido de Tooru, que le cuenta a este último cómo, durante su
participación en la guerra de Manchuria, vio desollar vivo a un oficial japonés, entre otros eventos
traumáticos. O la peculiar mancha azul que le sale a Tooru en la cara, que le
servirá después para ganar cientos de yenes y comprarse una casa. Una casa
abandonada con un pozo profundo y una estatua de un pájaro de piedra.
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es una obra compleja, delirante, surreal, adictiva y, si
se quiere, algo triste. En ella, Murakami nos muestra esas luchas internas y
vacíos existenciales que de a poco comienzan a consumirnos, a corroernos, a robarnos
el aliento. Pero también retrata esa persistencia humana por no sucumbir ante lo
absurdo, ante el dolor, por esa búsqueda de sentido, a veces intermitente, que
se convierte en la única manera de aferrarnos a la vida.
Esta novela te despabila, te despierta de ese loop constante en el
que solemos vivir. Por desgracia, necesitamos duros golpes de realidad para percatarnos
de lo frágiles que somos. Solo cuando experimentamos episodios dolorosos como la
pérdida de un ser querido o la marcha de alguien que amamos, nos damos cuenta
de que estar vivos, como recién le escuché a un escritor colombiano, no es
normal, es un milagro. Un milagro con fecha de caducidad.
La Mona y el querubín
En las fronteras colombianas con otros países o en el aeropuerto El Dorado, en lugar de un letrero con las palabras «Bienvenido a Colombia», debería ir esta frase de Truman Capote: No hace falta estar loco para vivir aquí, pero facilita las cosas. De ninguna otra manera podría explicársele al mundo, y a nosotros mismos, cómo le hacemos a diario para lidiar con nuestra realidad tan folclórica, absurda, sangrienta y desigual.
Buenas. Para esta entrega, el libro reseñado contiene bastante lenguaje bíblico, lluvias torrenciales y gente pobre. Con él, además de reírse con agrado, aprenderá sobre ángeles, hará una inmersión en las barriadas bogotanas y presenciará, como dice su autora, ese sentimiento fuerte de desprotección que llevamos todos los colombianos. Bienvenidos a Dulce compañía, de Laura Restrepo.
Esta es la historia de la Monita, una reportera de la revista Somos a la que nunca le conoceremos su nombre de pila. Ella es enviada por su jefe a un barrio marginado de Bogotá a redactar un artículo sobre la supuesta aparición de un ángel. El encargo no le agrada mucho, aparte de estar cansada de escribir frivolidades para la revista, considera los asuntos religiosos como esas típicas historias de gente supersticiosa y de bajos recursos. Pero la orden del jefe es clara, así que acepta sin protestar.
En medio de un fuerte aguacero, la Mona llega hasta las faldas del barrio Galilea, ubicado en una loma que parece ir al cielo. Inicia su investigación en la parroquia del barrio, donde es recibida de forma arisca por el padre Benito, que se indispone al ser indagado sobre el supuesto ángel. La Mona sigue su recorrido y entra a una tienda llamada La Estrella. Allí, tras conversar con los dueños del negocio, le es asignada la compañía de Orlando, un pequeño que la guiará a su siguiente destino.
Mientras caminan loma arriba, Orlando le revela detalles sobre el ángel a la reportera, quien se sorprende al escuchar que no es una aparición o una estatua como ella creía, sino un ser de carne y hueso. Tan real es que hasta tiene mamá, «como todo el mundo»; se llama Ara. En cambio, no tiene nombre y tampoco habla; bueno, sí habla, pero otras lenguas, nada de Spanish.
Empapados hasta el alma, la Mona y Orlando llegan a una casa en obra negra bastante humilde y con fuerte olor a sahumerios. Adentro, dirigidos por sor María Crucifija, líder de la junta que administra el ángel —porque sí, el Ángel de Galilea tiene su propio staff—, un grupo de mujeres y peregrinos reza el rosario de rodillas. Aquí la Mona, aparte de ser obligada a rezar el rosario, es instruida para visitar la morada del ángel, un paraje a diez minutos de la casa, conocido como las Grutas de Bethel.
Incrédula y un poco decepcionada, la periodista comienza a creer que sus sospechas son ciertas, que ese cuento del ángel es una farsa, una patraña de algún vivaracho para enredar a la gente y sacarle unos pesos. Sin embargo, preocupada porque aún no tiene material para el artículo, decide continuar la travesía en dirección a la montaña.
Luego de las indicaciones de sor Crucifija para entrar a lo que ella llama «Tierra Santa» —que cantar el trisagio[1], que quitarse los zapatos, que hablar así, que caminar asa— penetran una oscura y húmeda cueva, iluminada tan solo por la linterna de Crucifija. Avanzan unos cuantos pasos y la líder de la junta les ordena detenerse y aguardar allí. La espera en esa oscuridad pone nervioso al grupo, que apunta del trisagio, intenta ahuyentar los extraños ruidos de la cueva. El tiempo se detiene en aquel lugar tan irreal, entonces, sin presentación previa, su presencia se materializa, se hace carne. La Mona lo ve, y lo siente, y a pesar de ser un hombre, reconoce que no pertenece a este plano.
Como les mencioné con anterioridad, el ángel no habla nuestro idioma. Sin embargo, puede expresarse en lenguajes más universales, como el del amor, en el que, valga la pena decirlo, se desenvuelve muy bien. Tan bien lo hace, que en medio de aquella oscura gruta, supongo en una incomodidad terrible, le hace saber a la intrépida reportera que para llegar al cielo primero se debe pecar. Y ella le cree, con su cuerpo y con su ser, le cree.
La historia continúa con más lluvias intensas, hospitales psiquiátricos, procesiones multitudinarias y curas negacionistas de los inescrutables designios del Señor. Y por supuesto, el ascenso del ángel.
«Colombia es el país del mundo donde más milagros se dan por metro cuadrado —comenta la Mona—. Bajan del cielo todas las vírgenes, derraman sangre los cristos, médicos invisibles operan apendicitis… Tenemos línea directa con el más allá». Supongo que se debe en parte a nuestra permanente sensación de abandono, a esa imperiosa necesidad de hallarle respuesta a todo, así sea en las manifestaciones más etéreas y abstractas.
Parece irracional tanta religiosidad y superstición, pero como nos ha mostrado Laura Restrepo en varias de sus obras, somos una sociedad delirante, enajenada. Enajenada al dolor, a la nostalgia, al amor, a todo aquello que nos haga sentir bien. Y en especial, a aquello que nos permita saber que no estamos solos.
Dulce compañía no es una mofa a la religión, es quizás el recordatorio de las muchas realidades que vive este país. Con ironía y desparpajo, Restrepo nos narra esa Colombia devota, llena de fe y creencias religiosas, que resiste a la marginalidad y a la tragedia a punta de rezos y cantos sagrados. También, nos muestra cómo, ante la ausencia histórica de quienes por mandato terrenal deben protegernos, muchos optan por aferrarse a lo divino, a esa atractiva promesa de redención eterna. Qué más da si es en la otra vida o de la mano de un ángel de carne y hueso.
[1] Cantos seráficos en honor de la Santísima Trinidad, donde se repite la palabra «Santo» tres veces.
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