domingo, 19 de diciembre de 2021

¡Cuidado con la cima, puede dar vértigo si está muy alta!

                     

Invité a mi hermano a montar bicicleta ese miércoles por la tarde. La idea era cubrir la ruta que va desde la vía la Guada hasta al mirador de Jagüito, para después conectar con la marginal del llano y así retornar al pueblo nuevamente. Serian alrededor de 14 km, distribuidos entre destapado, concreto, dos lomas y un descenso.

Durante el recorrido conversábamos de lo tranquilo y agradable que es este sector, como para en un futuro comprar un pedacito de tierra, dijo él. Y es que el ambiente que lográbamos percibir incitaba justo a eso, a vivir allí, a disfrutar de esa tranquilidad que ofrece el lugar, libre del bullicio constante de la urbe, y sobre todo, de las necesidades innecesarias que muchas veces implica vivir en sociedad.

Tan pronto pasamos la escuela de la vereda Jagüito, era cuestión de metros para que la destapada llegara a su fin. Ya en la vía de concreto, todo se hizo más liviano, permitiéndonos recargar energías para lo que quedaba de recorrido.

Tardamos tal vez cinco minutos en llegar a la parte alta del mirador. Una vez allí, a unos 250 metros de altura, nos esperaba un descenso de 1 km, con algunas curvas, que por cierto, siempre he considerado que son bastantes cerradas para lo angosta de la vía.

Al empezar a descender, mi hermano tomó la delantera y emprendió la fuga, cuál esprínter que considera que es el momento justo para ir por la etapa. No sé si es el exceso de prudencia que siempre me ha acompañado, pero me parecía que bajaba muy rápido. Y tenía razón. Con el pasar de los segundos la distancia entre las dos bicicletas aumentaba.

Aunque la reprochaba, entendía aquella actitud temeraria. No solo era la inexperiencia y el exceso de brío lo que lo impulsaban a realizarla, sino también el placer de recibir altas dosis de adrenalina mientras se está abordo de un vehículo.

Quizás por la cercanía de las curvas, lo perdí de vista por un momento. Cuando de nuevo entró a mi rango de visión, lo divisé llegando a una nueva curva. Y luego, casi a 100 m de distancia, observe como perdía el control de su bicicleta, derrapando con esta a través del cemento hasta chocar de golpe contra la cuneta que bordea la vía. 

El tiempo pareció detenerse para mí, creando en aquel instante dos universos paralelos pero simultáneos. En uno de ellos sucedía la existencia tal cual la conocemos, y en el otro estaba yo, presenciando el intento de mi hermano por colarse entre las nubes que se pierden en el basto cielo. En ese universo, además de presenciar su caída, vi también a una motocicleta dirigirse en dirección contraria a la mía. Y no solo vi a la motocicleta, vi a su conductor agachar la cabeza al advertir mi presencia. Acción que repetiría su acompañante al volver el rostro hacia mí, después de haber dejado atrás con su mirada aquel suceso.

No había espacio para investigaciones ni reclamos. Grabé en mi memoria el número de la placa y continué hasta al lugar del accidente. Cuando me acerqué a él, pude comprobar con gran alivio que no solo estaba con vida, sino que además las lesiones sufridas no eran tan graves. Presentaba raspaduras menores en su brazo izquierdo y en la espalda. Su pierna izquierda tal vez fue el punto más afectado, pues recibió todo el peso del cuerpo tras la caída. Aun así, nada que lamentar.

Al preguntarle por lo sucedido, le costaba un poco estructurar lo que decía. Sin embargo, afirmó con claridad que la moto lo había cerrado, y que ¡pumm!, luego de utilizar a fondo los frenos de la bicicleta, fue a dar al suelo.

Tal vez fue así, es más, la actitud de los motociclistas inducía a presumir su responsabilidad. Pero también sé lo virtuoso que somos para achacar a otros las consecuencias de nuestros actos. Sea cual fuera la causa, si el exceso de velocidad de mi hermano o la maniobra imprudente de la moto, o ambas, había un solo hecho cierto: un accidente de tránsito, y por fortuna, una víctima no fatal.

El cuerpo de mi hermano se recuperará pronto, y probablemente sin mayores secuelas. Estoy seguro de que aprendió una gran lección, espero que así sea. Pero también espero que su cabeza no se quede en esa infortunada tarde. Tener miedo es válido, pero vivir con él, jamás.

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