lunes, 24 de enero de 2022

Que un gofio no lo deje en evidencia

Mientras me comía una hallaca, doña Rubiela hablaba sobre su infancia en el campo, las actividades que realizaba allí y lo mucho que añoraba esas épocas, sobre todo por la comida. Extrañaba el Gofio hecho por su madre, ese que devoraba en segundos durante los recreos de la escuela.  

Al no saber que era un Gofio, le pregunté a doña Rubiela sobre ello. Su cara de asombro me causó gracia. Me dijo que era un dulce hecho a base de maíz y muy tradicional del llano, por cierto, que si no lo conocía probablemente no era oriundo de estos lares. Acto seguido, me hizo una pregunta que vi venir: ¿De dónde es usted?

Es confuso, porque, aunque nací en el llano, me crie en él, y me siento orgulloso de eso, todo en mí dice lo contrario. Ni mi acento, ni mi vestir ni mi idiosincrasia se enmarcan en ese concepto tradicional sobre el ser llanero.

La explicación es simple, mis padres no son oriundos de por aquí. Poseen y conservan gran parte de los elementos culturales de sus lugares de origen, los cuales han utilizado para la crianza y formación de mi hermano y mía. De ahí que mi conocimiento respecto a un montón de saberes culturales de la región sea escaso.

Por eso, cada vez que escucho decir: «es que usted no tiene cara de ser llanero», aunque no me ofende ni me afecta, no dejo de sentir cierta rasquiñita en el pecho. Entonces me pregunto, si no soy del llano, ni tampoco pertenezco a los lugares de origen de mis padres, ¿De dónde soy?, ¿a dónde pertenezco?

Entiendo el asombro de muchos que, como doña Rubiela, tienen sembrado en el imaginario la concepción única de lo que es ser llanero, y lo curioso que debe ser escuchar a alguien como yo decir que lo es. La narrativa cultural de muchos lugares de la Orinoquia ha creado un discurso hegemónico e impermeable respecto a la llaneridad, soslayando que la misma puede experimentarse de múltiples maneras, sin afectar en lo más mínimo el objetivo primordial: el amor por el llano.

Ser un llanero no convencional trae consigo algunos estigmas, sobre todo el de la impureza de la raza. Y es apenas lógico, para la cultura tradicional no ha de ser de buen recibo que alguien que no sabe ensillar un caballo, o naricear un toro, ose llamarse hijo de la tierra plana.

Pero no hace falta vivir ensombrerado ni escupir chimú para garantizar la calidad de llanero, ni tampoco no saber que es un gofio. El criollo que llevamos dentro se enorgullece cada vez que coreamos a grito herido un pasaje lastimero de Guerrero, o armamos algarabía en la manga tras una vuelta e’ campana.

Entiendo la necesidad, casi obligación, de ser parte de algo. Precisamos de esa condición que nos identifique, que certifique nuestro estatus como miembros de un todo, y que a su vez ese todo pueda reflejarse en nosotros. Y es así por una simple razón, el no pertenecer a nada, el no identificarse con una serie de elementos inmateriales, de sentimientos y valores propios de un grupo determinado, es sinónimo de desviación, de irracionalidad. Y ante esa conducta el conglomerado social solo sabe proceder de una única forma, excluyendo.


Doña Rubiela se apresuró a dar respuesta a su pregunta.

—Usted tiene cara de ser de Boyacá, me dijo con algo de sorna.

— No, sumerce, no está ni cerca, le respondí devolviéndole la pulla.

 
* Dejo el enlace aquí de un video que encontré y me pareció interesante respecto al dulce de Gofio. 

1 comentario:

  1. Así es amigo, me siento identificado con esta historia. Ya que hago parte de los que nacimos en el llano pero aún a mi edad no conozco muchos conceptos establecidos referidos a la expresión de "ser un verdadero llanero". Saludos

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