Me
tomaba un tinto cuando mi madre comenzó a contarme que la vecina que vivía a la
vuelta de la esquina había muerto, la bajita de cabello corto. Según me dijo,
su salud se deterioró bastante en el último tiempo, le habían amputado los
dedos de los pies, presentaba moretones en la piel, y cada vez se hacía más
calva. Padecía de lupus.
Aquella
vecina tendría quizás unos treinta, treinta y cinco años. De ojos claros,
mirada fuerte y un rostro duro. Nunca llegué a entablar conversación alguna con
ella. Apenas si en un par de veces nos saludamos al reconocernos en la calle. Nos
saludábamos como suelen hacerlo esos extraños que apenas se conocen, levantando
de forma suave la cabeza, al mismo tiempo que se estiran sutilmente las cejas hacia
arriba. Siempre me ha parecido una genialidad ese saludo, dos personas
comunicándose a través gestos, pronunciando frases sin hacerlo, escuchando palabras
sin oírlas.
Recuerdo
que hace menos de un año la vi en el hospital, estaba acompañado a su madre a
colocarse la vacuna contra el Covid-19. Al percatarse de mi presencia, me
saludó como era habitual. Pero esta vez noté algo diferente, aquel rostro duro
dejaba escapar una breve sonrisa. Tal vez fue la coincidencia, la casualidad de
toparse con un extraño conocido en un lugar cualquiera, lo que causó que
aquella mujer esbozara esa sonrisa. Lo cierto es que cuando lo hizo, vi un
rostro que no había visto antes, como si fuera otra persona. La mujer de la
mirada dura y ojos fulminantes ya no estaba, en su remplazo, se encontraba un
ser de apariencia amable, de gestos dulces y con dos destellos, que aunque
suaves en su luz, tenían la intensidad necesaria para despertar simpatía en
quien pudiera apreciarlos.
Me
parece agradable pensarlo de esa manera, aun cuando mi apreciación está algo
contaminada por el conocimiento de su enfermedad. Pero alejado de cualquier
sentimiento lastimero y compasivo, aquella sonrisa fue algo bello. La vecina moría
lentamente, sus entrañas estaban siendo carcomidas por el dolor, sus días se le
escapaban entre consultas médicas interminables y tratamientos insufribles. Sin
embargo, pese al incalculable martirio que padecía aquel reducido ser, aún conservaba
aliento para una sonrisa, para sostenerse ante la tragedia y ocultarle al mundo
su dolor.
No
deja de sorprenderme lo irónica que es la vida, la compleja relación inevitable
entre los opuestos. Nadie, absolutamente nadie valora más la existencia si no
aquel que la encuentra amenazada. Solo ahí, cuando siente la inmensa fragilidad
de su ser, la insignificancia absoluta que representa para el mundo, comprende el
gran regalo que tiene, y lo tonto que ha sido por desperdiciarlo hasta ahora.
Nunca
supe cómo se llamaba, ni a que se dedicaba. Si alguna fue feliz, si se enamoró,
si amo de verdad, si le cumplió los sueños a esa niña que fue, si hizo lo que
quería con su vida. No lo sé. Lo único que sé es que aquella mujer de mirada
dura, la de las manchas en sus mejillas en forma de ala de mariposa, ya no
está, y no estará jamás. Se perderá en el olvido como lo haremos todos. Siendo
polvo, siendo nada. Eso sí, con la satisfacción en la memoria de quien aún la
recuerde, de que, incluso en el más oscuro de sus días, bifurcó las nubes
negras con la más sincera y hermosa de las sonrisas.
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