viernes, 4 de marzo de 2022

Ojos claros, manchas ala de mariposa y mirada dura

Me tomaba un tinto cuando mi madre comenzó a contarme que la vecina que vivía a la vuelta de la esquina había muerto, la bajita de cabello corto. Según me dijo, su salud se deterioró bastante en el último tiempo, le habían amputado los dedos de los pies, presentaba moretones en la piel, y cada vez se hacía más calva. Padecía de lupus.

Aquella vecina tendría quizás unos treinta, treinta y cinco años. De ojos claros, mirada fuerte y un rostro duro. Nunca llegué a entablar conversación alguna con ella. Apenas si en un par de veces nos saludamos al reconocernos en la calle. Nos saludábamos como suelen hacerlo esos extraños que apenas se conocen, levantando de forma suave la cabeza, al mismo tiempo que se estiran sutilmente las cejas hacia arriba. Siempre me ha parecido una genialidad ese saludo, dos personas comunicándose a través gestos, pronunciando frases sin hacerlo, escuchando palabras sin oírlas.

Recuerdo que hace menos de un año la vi en el hospital, estaba acompañado a su madre a colocarse la vacuna contra el Covid-19. Al percatarse de mi presencia, me saludó como era habitual. Pero esta vez noté algo diferente, aquel rostro duro dejaba escapar una breve sonrisa. Tal vez fue la coincidencia, la casualidad de toparse con un extraño conocido en un lugar cualquiera, lo que causó que aquella mujer esbozara esa sonrisa. Lo cierto es que cuando lo hizo, vi un rostro que no había visto antes, como si fuera otra persona. La mujer de la mirada dura y ojos fulminantes ya no estaba, en su remplazo, se encontraba un ser de apariencia amable, de gestos dulces y con dos destellos, que aunque suaves en su luz, tenían la intensidad necesaria para despertar simpatía en quien pudiera apreciarlos.

Me parece agradable pensarlo de esa manera, aun cuando mi apreciación está algo contaminada por el conocimiento de su enfermedad. Pero alejado de cualquier sentimiento lastimero y compasivo, aquella sonrisa fue algo bello. La vecina moría lentamente, sus entrañas estaban siendo carcomidas por el dolor, sus días se le escapaban entre consultas médicas interminables y tratamientos insufribles. Sin embargo, pese al incalculable martirio que padecía aquel reducido ser, aún conservaba aliento para una sonrisa, para sostenerse ante la tragedia y ocultarle al mundo su dolor.

No deja de sorprenderme lo irónica que es la vida, la compleja relación inevitable entre los opuestos. Nadie, absolutamente nadie valora más la existencia si no aquel que la encuentra amenazada. Solo ahí, cuando siente la inmensa fragilidad de su ser, la insignificancia absoluta que representa para el mundo, comprende el gran regalo que tiene, y lo tonto que ha sido por desperdiciarlo hasta ahora.

Nunca supe cómo se llamaba, ni a que se dedicaba. Si alguna fue feliz, si se enamoró, si amo de verdad, si le cumplió los sueños a esa niña que fue, si hizo lo que quería con su vida. No lo sé. Lo único que sé es que aquella mujer de mirada dura, la de las manchas en sus mejillas en forma de ala de mariposa, ya no está, y no estará jamás. Se perderá en el olvido como lo haremos todos. Siendo polvo, siendo nada. Eso sí, con la satisfacción en la memoria de quien aún la recuerde, de que, incluso en el más oscuro de sus días, bifurcó las nubes negras con la más sincera y hermosa de las sonrisas.  

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