domingo, 18 de septiembre de 2022

Alegrías chiquitas

Dada mi cercanía con H, le pregunté si había espacio para mí en sus clases de guitarra. Me respondió que sí, que justo uno de sus alumnos dejó de asistir hace unos meses, por lo que tenía un cupo disponible. Quedamos en que iniciaría clases a la semana siguiente.

Uno de mis deseos de adulto ha sido aprender a tocar guitarra. Hice un primer intento hace un par de años. Para ese entonces, YouTube fue mi guía, mi maestro y principal fuente de información en esa etapa de aprendizaje. No resulto nada bien eso de ser autodidacta. Por cerca de dos años intenté tocar la guitarra de manera decente, pero nunca llegue hacerlo. Apenas si aprendí algunas melodías y una que otra canción, y eso a medias.

De ahí en adelante, mis esfuerzos se fueron haciendo cada vez más esporádicos y poco fructíferos, hasta que finalmente perdí toda motivación por el asunto.

Conocedor de mis intentos infructuosos, H me preguntó que deseaba aprender. Me pareció bastante pertinente su pregunta. Le dije que quería empezar desde cero, que me enseñara lo básico y fundamental sobre el instrumento, y que además, tomara como nula mi poca experiencia con él.

Durante la primera semana, H me explicó los conceptos básicos de la teoría musical. Me mostró que era una nota, que era un tono, un semitono, las escalas y algunas de sus clasificaciones. A la par, me indicó que practicara en casa ciertos ejercicios en la guitarra, me ayudarían a estimular el movimiento de los dedos en ambas manos.

Comencé a crear cierta expectativa por este nuevo intento. De alguna manera, el hecho de contar con alguien que guiara mi aprendizaje, me hacía sentir bastante motivado.

A fin de practicar los ejercicios, busqué mi guitarra en el altillo de mi cuarto, lugar donde la tenía guardada. Me dio cierto guayabo ver el estuche repleto de polvo. Por fortuna, aquella protección mantuvo la guitarra en perfectas condiciones.

Una vez afinadas las cuerdas, me dispuse a realizar la tarea. Mis manos estaban duras, por lo que al principio me costó trabajo hacer algunos movimientos. Luego, a medida que se fueron calentando, los ejercicios se hicieron cada vez más asequibles. Me alegro saber que mis dedos, aunque lentos, no eran tan torpes como cuando recién iniciaba en este tema, lo que era una buena noticia, la poca habilidad que adquirí en mis anteriores intentos no se había perdido del todo.

Tan pronto creí tener dominada la tarea, hice un breve descanso. Luego, a manera de recompensa por la labor cumplida, me concedí la libertad de practicar algo diferente a los ejercicios encomendados por H. Se me ocurrió tocar una de las primeras melodías que aprendí, pero no lograba recordar ni la posición de los dedos ni las notas que debían ejecutar. Sin embargo, ajustando una famosa frase de Voltaire a la situación, coloqué mis dedos en las cuerdas buscando encontrar eso que alguna vez supe, sin saber muy bien por dónde, como los borrachos buscan su casa sabiendo que tienen una. 

No se imaginan la emoción que sentí al ver que lo que mi cabeza no lograba recordar, mis manos sí. Qué increíble sensación, mis dedos le daban, aunque de manera torpe, vida y sonido a esa melodía, y de paso a mí.

En un mundo donde todo parece tener la imperiosa necesidad de ser rimbombante y estrepitoso, hallar alegría en lo mínimo resulta extraño. Hasta nos puede llegar a parecer ajena esa experiencia. Hemos perdido tanta sensibilidad por lo pequeño, que nos cuesta reconocer la grandeza de su hermosura, convirtiéndola muchas veces en invisible e inexistente.

Voy por la tercera semana de clase, admito que la teoría me está dando duro. Comprender el lenguaje musical y todo su andamiaje me ha representado una tensión cognitiva que no experimentaba hace mucho. Espero no claudicar en este nuevo intento, y cumplirle el sueño a este adulto inconstante. 


*La melodía en cuestión 👇.

 


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