domingo, 13 de septiembre de 2026

De día, de noche


Ilustración de: Camila cuida

Hay algo dentro de ti
Es difícil de explicar
Están hablando de ti, chico
Pero tú sigues siendo el mismo[1]

Llegó una madrugada al pueblo de San Roque proveniente de los llanos de Venezuela, y desde entonces vive en casa de la señora Edith. De día, Octavio trabaja en la carnicería de don Saúl. Es el encargado de conservar limpio y aseado el lugar, de mantener afilados los cuchillos con que se corta la carne y de atender a los clientes mientras su jefe recibe el dinero. Es un muchacho flaco y ojeroso, de mirada perdida, la gente comenta que es algo raro. Casi no habla, no bebe ni le gusta salir de noche, y tampoco tiene amigos. Lo más parecido a un vínculo personal con alguien, es con Patricia, quien cada vez que va a la carnicería le obsequia una sonrisa, o le obsequiaba, porque desde la muerte de su padre huyó del pueblo.

Patricia es una jovencita de 15 años, poco agraciada, de cuerpo flacucho y senos marchitos. Tal vez lo más rescatable de su físico sean sus pequeños ojos negros, negros como los nubarrones de mayo, o como el pasado del inquilino de la señora Edith. A ella parecía no incomodarle la extraña aura de Octavio, ni la fealdad de su aspecto, al contrario, es como si hubiera sentido una dulce compasión por él, por el indescifrable padecimiento que vislumbraba en su rostro. Y aunque nunca cruzaron palabra, y la expresión facial del muchacho en apariencia no respondía a sus simpáticos gestos, ella sabía, en especial por el brillo tenue de sus ojos y el peso extra de la libra de carne que llevaba a casa, que el raro y callado empleado de don Saul no era inmune a sus sonrisas.

Los días de Octavio en aquel caluroso pueblo son rutinarios y abrumadores, salvo trabajar y dormir profundamente, no realiza ninguna otra actividad. Más que alguien poco social, se diría que es un ser triste, enajenado por su destino a vivir, al parecer por siempre, una vida solitaria y pesarosa. A su jefe le molesta un poco esa imagen de hombre desgraciado, piensa que eso puede espantar a los clientes, sin embargo, le parece un buen muchacho, discreto y obediente, dispuesto en todo momento a hacer lo que él le ordena. A Octavio poco le importa lo que puedan llegar a pensar de él, sus únicos objetivos son acatar las órdenes de su jefe y pasar lo más desapercibido posible en aquel lugar, ya que esto le permite no solo conservar su trabajo, sino también mantener en secreto su lado oscuro, esa doble vida que ni él mismo sabe que lleva. Todas las noches, mientras se refugia en su cuarto, una sombra espectral se apodera de manera violenta de su cuerpo y de su alma, convirtiéndolo en un ser desagradable y hostil. Todo lo que aparenta ser bueno en él desaparece. La triste y compasiva figura humana no va más. Desde ese momento, es el turno de él: el desgraciado, el vil, el espanto.

De noche, vaga sin rumbo por las calles empedradas de San Roque. Durante sus caminatas, suele entonar las notas musicales a través de un espeluznante silbido, rompiendo el apacible silencio de este pequeño pueblo. Todos saben la procedencia de aquel sonido y de su presagio, los más cautelosos corren a buscar refugio tan pronto sienten sus pasos. Quienes han logrado verlo, y viven para contarlo, dicen que es un aparato bien grande y feo, camina encorvado vistiendo harapos y luciendo sobre su cabeza un viejo sombrero de paja. En su espalda carga un costal donde crujen los secos huesos de su padre, tal vez por eso camina encorvado. Cuando no está silbando o atemorizando a la gente, rememora el día en que, lleno de ira, asesinó a su padre al comprobar que este fue incapaz de satisfacerle cierto capricho. Sin piedad, introdujo en repetidas ocasiones en su vientre un pequeño y fino cuchillo, hasta desparramar gran parte de las vísceras. Preso de la locura y el éxtasis del atroz acto, llevó las frescas entrañas a casa y pidió a su madre sazonarlas.

Lo recuerda todo con claridad, incluso el horror de su madre al enterarse de que su esposo, o lo que quedaba de él, estaba allí, en sus manos. Recrea sus gritos horrorizados y ríe de forma estrepitosa. Pero esa risa desaforada siempre da paso a una rabia súbita, pues recuerda cómo su abuelo, al enterarse del crimen, lo amarró a un botalón y luego lo azotó a punta de zurriago hasta casi despellejarlo. Terminada la zurra, su abuelo lo desató y roció sobre sus heridas ají y limón, echó tras de él a los perros del fundo y lo maldijo a vagar por siempre en el mundo de la penumbra.

Desde ese momento, recorrió caminos y senderos sin hallar nunca consuelo ni alivio. Tras su condena, su alma fue adquirida por Satanás, quien lo convirtió en una especie de recaudador del mal. En adelante, su ocupación, o más bien, la orden de su jefe, es la de ir en busca de seres descarriados, de preferencia borrachos y mujeriegos. A los primeros les succiona el licor a través de sus ombligos, a los otros los despedaza con cautela, arrancándoles uno a uno los huesos. Disfruta impávido y sin remordimiento lo que hace, su trance maligno le impide recordar quién es, o quién era, ni lo que hacía antes de llegar aquí. Tan solo en una oportunidad experimentó una rara sensación. Mientras le absorbía el alcohol a un viejo ebrio, alzó su cabeza al notar que alguien lo observaba. En efecto, otra persona estaba allí, era una niña que, atónita, lloraba en silencio. Al detener su mirada sobre las nubosas cintilaciones de la menor, se paralizó de inmediato, fue como si en ese momento y gracias a esos ojos, hubiese cobrado conciencia de su ser, de sus actos, de ese rostro infantil que le pareció que en otra vida le procuraba sonrisas y gestos amables.

Antes de que la oscuridad pierda su color, el espanto irrumpe sigiloso en la casa de la señora Edith. La aparición del sol no solo anuncia la llegada de un nuevo día, sino también el regreso de la lánguida versión humana que vive allí. Así es su trajín matutino. De día, purga su crimen trabajando en una carnicería. De noche, deambula por las calles y veredas en busca de tipos viciosos y corrompidos. De día responde al nombre de Octavio. De noche, los precavidos y supersticiosos, los creyentes y ancianos, lo llaman Silbón.



[1] Traducción al español de Nightcall - Kavinsky

domingo, 16 de agosto de 2026

La Mona y el querubín

Music track: Dreaming After Work by Lukrembo

En las fronteras colombianas con otros países o en el aeropuerto El Dorado, en lugar de un letrero con las palabras «Bienvenido a Colombia», debería ir esta frase de Truman Capote: No hace falta estar loco para vivir aquí, pero facilita las cosas. De ninguna otra manera podría explicársele al mundo, y a nosotros mismos, cómo le hacemos a diario para lidiar con nuestra realidad tan folclórica, absurda, sangrienta y desigual.

Buenas. Para esta entrega, el libro reseñado contiene bastante lenguaje bíblico, lluvias torrenciales y gente pobre. Con él, además de reírse con agrado, aprenderá sobre ángeles, hará una inmersión en las barriadas bogotanas y presenciará, como dice su autora, ese sentimiento fuerte de desprotección que llevamos todos los colombianos. Bienvenidos a Dulce compañía, de Laura Restrepo.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Cuando un bobo se alegra, alguna vaina se lleva


— Patrón, ¿recuerda el sueño que le conté la semana pasada? 

—¿Dónde usted ganaba un coleo?

—Sí, señor, ese mismito. No he dejado de pensar en eso; ya casi ni duermo. Y vea que es como el destino, porque justo este fin de semana hay una encerrona aquí en la vereda. Voy a participar porque estoy seguro de que me gano esa pija’. 

— ¿Y usted sí sabe de eso, Claudio? 

—La verdad es que nunca he coleado. No me llamaba la atención y a veces pienso que es pura fachosería.

— ¿Pero ahora qué va a ganar el premio si le llama la atención? 

— ¡Pues clarooo!

—Qué hombre tan resuelto, déjeme decirle. Pues ojalá le vaya bien. Imaginó entonces que toda esta conversa es porque necesita algo, ¿verdad?

—Sí, señor. Le agradecería mucho que me prestara un caballo; usted sabe que solo tengo el día y la noche. Apenas termine el coleo se lo devuelvo. 

—Llévese a Ponsadera, está algo vieja, pero todavía corre bueno. 

Claudio agradeció al Blanco por el favor, y esbozando esa sonrisita de bobalicón que solía colocar cuando estaba feliz, partió rumbo a su rancho.

Era la mañana del torneo y Claudio estaba más que convencido de su premonición. Durante la noche anterior contempló, una y otra vez, el momento exacto en el que el narrador del coleo lo anunciaba como el ganador, y los chiflidos y aplausos de la gente festejando su triunfo. Pero el delirio no paraba allí, mientras ensillaba a Ponsadera, su cabeza no dejaba de preguntarse en qué debería gastar el premio. Adquirir una moto fue su primera opción, estaba mamado de echar pata y además le serviría para ir al pueblo en cualquier momento. Luego pensó en comprarse un sombrero pelo e’guama y unas buenas botas vaqueras. Verse bien remontado en los parrandos y llamar la atención de las muchachas coquetas, fue siempre su objetivo al cumplir la mayoría de edad. De ahí en adelante, un montón de artículos y bienes fueron engrosando la ya larga lista del joven peón.

Ya en la manga, el narrador hizo el llamado para que el participante con el número 57 estuviese preparado en la cabecera, a fin de dar inicio a su turno. Jinete y caballo se encontraban en posición, esperando su debut aquella tarde de mayo.

—¡Hay cacho en la manga, señores!, —exclamó el narrador. 

El toro avanzó lento, regañado, por lo que Claudio debió azuzarlo para que aligerara el paso. Aun así, el animal seguía con un trote lerdo, perjudicando notablemente al coleador, quien en la primera zona apenas tuvo fuerzas para que el bicho cayera de lado. Los nervios hacían sudar por borbollones a Claudio, que, sofocado por su floja presentación hasta ahora, apenas si oía o veía algo distinto que no fuera el toro. Camino a la segunda zona, con más ímpetu que otra cosa e intentando dejar atrás los nervios de principiante, Claudio salió decidido a darle vuelta e’ campana al toro y terminar airoso su faena. Agarró con determinación la cola del animal, se apartó hacia el lado izquierdo de la silla y la jaló lo más fuerte que pudo. El toro sintió ese primer jalonazo y opuso resistencia. Estimulado por la firmeza de su rival, el coleador jaló aún más fuerte, pero el bicho seguía intacto.

Los metros se le acababan a Claudio y la impotencia empezaba a invadirlo, aquel maute de 350 kilos boicoteaba la compra de la moto. Desesperado, espoleó a Ponsadera para que acelerara el paso y quedara lo más diagonal posible al toro, así la fuerza de arrastre sería mayor. Con las últimas energías que aún le quedaban, agarró una vez más la cola del toro y, cerrando los ojos, se aferró a ella. A la par, de forma extraña y temeraria, el inexperto coleador se apartó aún más de la silla, casi rozando el piso con los pies.

— Se va a caer ese jodio’, gritaron algunos en la grada.

El toro, a lo mejor pensándose imbatible, no creyó nunca que Claudio tuviese los arrestos para intentar tumbarlo de nuevo, por eso, su sorpresa fue mayúscula al comprobar que había tragado tierra tras girar completamente sobre su eje. El narrador eufórico anunció la valiosa maniobra realizada por el participante número 57. Los conocidos de Claudio que fueron a verlo, bolearon sus ponchos al aire causando gran algarabía, estaban orgullosos de su amigo. Lástima que no alcanzara a oírlos, de seguro le habría encantado presenciar aquel bullicio. Mientras Ponsadera desorientada corría hacia el final de la manga, el maute de 350 kilos, que ya se había levantado, contemplaba impávido aquella tarde gris, así como al jinete que yacía desnucado en el suelo.

Dos esposos extraviados y un gato perdido

Music track: Imagine by Lukrembo
Buenas. Este año, hasta donde las circunstancias nos lo permitan, estaremos reseñando cada mes un libro. No habrá temas, autores ni géneros específicos. Los libros reseñados serán elegidos al arbitrio de este servidor, procurando en lo posible que dicha elección sea de lo más selecta y variada.

Para esta ocasión, iniciaremos con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, del escritor japonés Haruki Murakami. Si aún no ha leído nada del señor Murakami, no estaría mal primero darse una vuelta por alguna de sus obras un tanto más ligeras. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es extensa y algo compleja, por lo que comenzar con ella podría disuadir la lectura de este gran autor.

martes, 7 de julio de 2026

De Moreno pa bajo

Guadalupe Salcedo y el general Duarte Blum estrechan sus manos, sellando el fin del conflicto en los llanos orientales (1953).

—Mi Comandante, este mensaje es para usted —dijo el hombre que llegó corriendo. Una hora más tarde, la «revolución» recogió sus corotos, perdiéndose entre la montaña, y mi padre salía presuroso a buscarnos. Nunca olvidaré el silencio de aquella tarde.

Era la época de la guerra, o de la violencia como la llaman ahora. Liberales y conservadores se daban bala y machete venteado, no respetaban nada. A don Julio, un compadre de mi papá, lo mataron a plomazos delante de su familia por no cambiarse de bando. En su lecho de muerte, gritaba vivas al Partido Liberal y se vanagloriaba de que su sangre fuese roja y no azul. De esa guerra perdimos a mi abuela y a una tía. A mi abuela se la llevaron los godos y nunca más volvimos a saber de ella. De mi tía, nos enteramos años después de que un cabecilla de la «revolución» la hizo su mujer. La «revolución», así llamaban los viejos a las guerrillas comandadas por Guadalupe Salcedo.

Para mí fue el año de 1951 cuando ocurrió lo que voy a contar, aunque según mis hijos esa no es la fecha correcta. Mis padres tenían una finquita en la vereda Las Mesas, en Támara, recuerdo ese clima tan sabroso, todo templadito, y al río Pauto bordeando la finca. Mi madre, doña Rosita, se dedicaba a cultivar café. Don Emiliano, mi padre, era el encargado de cuidar los pocos animales que teníamos: cuatro vacas, una mula y tres perros. No teníamos mucho, pero vivíamos bien. Una mañana, mientras mi padre ordeñaba las vacas, vio a lo lejos a un grupo de hombres que se aproximaba en dirección a la finca. A pesar de la distancia, reconoció su procedencia, era gente de la «revolución». Cerca de cuarenta hombres, montados en bestias y armados hasta el fundillo, llegaron esa mañana al hogar de mis padres. El líder de ellos, al cual llamaban «Comandante», se acercó a los dueños de casa y les confirmó quiénes eran y el propósito de su visita. Además, solicitó comida y posada para sus hombres durante el tiempo que permanecieran allí.

La misión de la cuadrilla era tomarse Minas —un sector cerquita de Las Mesas—, matar a un viejo llamado Isaías, quien mandaba en ese lugar, y a unos cuantos que ya estaban fichados. Antes de instalarse, el Comandante previno a mi madre para que guardara, si tenía, a sus hijas o a cualquier otra mujer joven que se encontrara en la casa. A su mando había hombres de toda clase, desde los fieles devotos a los ideales del partido, hasta degenerados y sinvergüenzas que solo buscaban la oportunidad para hacer sus fechorías. Es que la «revolución» era tremenda, no igual a los godos, pero de vez en cuando también hacían sus vainas.

Mi madre acató la advertencia del Comandante y mandó a mi padre a esconder a mis tres hermanas y a mí en una peña pedregosa, a orillas del río. Allí permanecimos dos días, llenas de miedo y comiendo de lo poco que él lograba traernos a escondidas. Como yo era la mayor, tenía que consolar a las demás, recuerdo que les conté historias para calmarlas y también rezábamos el Padre Nuestro. Por fortuna, nadie nos encontró, ningún hombre curioso husmeó por esos lados ni sospechó de las escapadas de mi padre a ese lugar. Además, la corriente del río ayudaba a tapar el llanto de mis hermanas.

El grupo inspeccionó con cautela la zona antes de dar el golpe. Minas estaba a tan solo dos horas a caballo de Las Mesas. La operación debía ser un éxito, era la oportunidad perfecta para atacar a los pájaros, y, de paso, vengar a algunos compañeros asesinados en los últimos meses. Atacarían de noche. Una parte de ellos irrumpiría en una primera línea contra el objetivo, y los otros, aguardarían metros atrás a la espera de la señal de apoyo o para evitar que alguno godo se escapara.

Durante el segundo día de su llegada, la gente de la «revolución» esperaba en aparente calma el atardecer, momento en que se dirigirían hacia Minas. Algunos conversaban entre ellos, otros limpiaban sus pistolas o afilaban sus cuchillos, la idea era matar el tiempo antes de partir. Serían quizás las cuatro de la tarde, el sol ya comenzaba a esconderse, cuando uno de los vigías divisó a la distancia a un hombre que venía hacia ellos. De inmediato, todo el mundo se despabiló y desenfundó su revólver. Aquel hombre avanzaba presuroso y decidido, como si de él dependiera el cumplimiento de una importante misión. Al poderlo contemplar mejor, el vigía gritó aliviado:

––Es de los nuestros, mi Comandante. Es el Jacinto. La tranquilidad volvió a los cuerpos de todos y las pistolas retornaron a sus fundas. Agitado por la carrera, Jacinto entró a la finca sin saludar y preguntando por el Comandante.

—Allá está. —Le señaló con el índice derecho uno de sus compañeros.

—Mi comandante, este mensaje es para usted —exclamó Jacinto luego de entregarle la carta que con sumo cuidado traía consigo.

—¿Quién lo envía? —preguntó de inmediato el Comandante.

—Del alto mando, mi Comandante —contestó Jacinto.

En efecto, la carta provenía del comando central de las guerrillas liberales de los Llanos orientales. En ella, palabras más, palabras menos, explicaba a sus receptores que, tras llegar a algunos acuerdos con el gobierno nacional, toda actividad militar por parte de los dos bandos quedaba suspendida. «El fin de las hostilidades», rezaba la carta.

El grupo, que prestaba absoluta atención al Comandante durante la lectura de la carta, quedó perplejo cuando este terminó de leerla.

—¿Qué pasó, mi Comandante? —preguntó con cautela uno de sus hombres de confianza. El Comandante, secretamente aliviado, contestó con su habitual firmeza:

—Mi general Salcedo acaba de firmar la paz con Rojas Pinilla, de Moreno[1] pa bajo. Recojan todo que nos vamos.  


[1] Nombre que recibió entre los años 1850 y 1953 el hoy municipio de Paz de Ariporo, Casanare.

viernes, 23 de mayo de 2025

El mango: el árbol estoico del llano

Cuando el verano está por culminar y el invierno se acerca, hay un acontecimiento que sin duda alegra la vista al recorrer las carreteras de los llanos orientales: la temporada de los mangos. Da gusto ver esa cantidad de pepas verdes y amarillas colgando de los árboles, tan inmensa que a veces da la sensación de que nunca fueran a acabarse.

Y es que a pesar de las altas temperaturas, en ocasiones alcanzan los 36, 37 C°, este árbol consigue sostenerse y lograr una producción de frutos impresionante. Tan grande es su cosecha, que durante el segundo trimestre del año el mango se convierte en el alimento más accesible (por no decir que gratuito) de todas las clases sociales de la región, y también, en uno de los de mayor variedad gastronómica.

En una primera etapa, lo encuentras en la presentación más apetecida de niños y adolescentes: el mango biche, de la mano de mucha sal, limón y pimienta. Luego está la presentación favorita de las mamás: el jugo de mango. De ahí en adelante se te puede aparecer en un dulce, un postre o en una ensalada para acompañar las comidas, y claro, en el menú habitual de las heladerías.

Pero el mango no solo te ofrece su exquisita fruta, al ser tan frondoso y casi siempre de gran tamaño, la frescura de su sombra te protege de esos calores inhumanos. La infusión de sus hojas es usada para desinfectar heridas o tratar enfermedades gastrointestinales. Y cuando su tiempo ha llegado a su final, sus hojas y ramas secas son el combustible perfecto para una hoguera, y su madera, la materia prima de muebles e instrumentos musicales.

Sin duda, uno de los árboles más pluri-serviciales que se encuentra en la Orinoquia.

Su existencia es un símbolo de abundancia, de seguridad alimentaria, en tiempos de escasez, cualquier mango es caviar. También es una oda a la resistencia, al estoicismo. Ni el verano más fuerte, ni la falta de cuido, ni las piedras que le lanzan para bajar sus frutos, logran mermarlo. Intacto e incólume, nos demuestra una vez más que la naturaleza, la vida misma, no sigue lógicas ni maneras dictadas por el hombre.

Quizás su único punto negro, si es que queremos encontrarle uno, es el chiquero que deja tras la mudanza de su follaje y el mosquero causado por la mancha blancuzca de su fruto. Pero siendo justos, para un árbol de tan generosas regalías, que nadie abona ni riega, que por lo general ni siquiera se siembra –basta con arrojar una pepa de mango a cualquier parte y esperar que la lluvia y el sol hagan el resto­–, es un precio más bien irrisorio el que debe pagarse.

Tal vez no lo recuerde –entre más cotidiano es un evento, más invisible se vuelve­­– pero es muy probable que algunos pasajes de su vida estuviesen acompañados por la presencia de este árbol. Desde una divertida bajada de mangos con amigos o familiares, o mecido en un chinchorro contemplando la existencia bajo su sombra, él siempre fue el aliado perfecto de esos ratos alegres y apacibles. Tan perfecto que, pese a no recibir reconocimiento por su benevolencia, año tras año la siguió ofreciendo sin ningún reparo.

De día, de noche

Ilustración de: Camila cuida Hay algo dentro de ti Es difícil de explicar Están hablando de ti, chico Pero tú sigues siendo el mismo [1] L...