Tomás González resumió con
precisión el sentimiento de muchos autores al momento de promocionar su obra: «Cuando
uno escribe, escribe todo lo que quería decir», haciendo alusión a lo difícil
que resulta en ocasiones hablar sobre los libros. Y eso quizás es lo que me
sucede ahora. Sin embargo, intentando ser lo más lacónico posible, les contaré
un poco sobre Todo se queda en familia, mi más reciente publicación.
Todo se queda en familia es una compilación
de once relatos que exploran la vulnerabilidad de quienes han convivido con
fenómenos como la migración o el conflicto armado, en especial en la región de
los Llanos orientales. Además, muestran cómo la violencia redefine los vínculos
personales, los sueños, la vida cotidiana y lo transgresora que puede llegar a ser
la existencia.
En ellos, personajes como Arturo,
retenido por miembros de las AUC mientras atendía su negocio en Paz de Ariporo;
o «La Chula», tanatopractora que enfrentó a la muerte por muchos años sin
perder su humanidad, encarnan las tensiones entre el dolor, la dignidad y la
resistencia que suelen presentarse en escenarios de conflicto.
Pero no todo es sufrimiento y
angustia. También hay espacio para el humor, el sarcasmo o la ternura. Como en La
paisita, donde su protagonista, pese a saber que el fulgor de su juventud se ha
marchitado, no ha perdido la capacidad de mofarse de sus aventuras como
trabajadora sexual. O en Adiós, Paloma, donde doña Eugenia, o lo que queda de
ella, aguarda con esa obstinación que siempre la ha caracterizado, sentir por última
vez a ese ser a quien profesaba un callado pero genuino afecto.
Estas narraciones, en su mayoría
íntimas, son un intento por reconocer esa vida anónima e insospechada, donde se
hallan un montón de historias de un gran valor humano. Hay un pasaje en La
grosella, uno de los cuentos que más me gustan de Chéjov, que refleja buena
parte de la esencia de estos relatos, y también un tanto de mi escritura hasta
ahora:
Los hombres que vemos son aquellos que van al mercado a hacer la compra, los que de día comen, de noche duermen; vemos a los que van por ahí diciendo tonterías, se casan, envejecen y llevan apacibles al cementerio a sus difuntos; pero no vemos ni oímos a los que sufren. Todo cuanto de pavoroso tiene la vida ocurre no se sabe muy bien dónde, como quien dice, tras bastidores.
Sin mucho más que agregar, mencionaré que disfruté bastante al escribir estos relatos. Me asombré, me reí, empaticé con algunos personajes, me reconocí en otros, viví otras vidas. Fue una experiencia divertida y entrañable. Y espero que usted, apreciado lector, sienta lo mismo, o al menos algo parecido.
