martes, 7 de julio de 2026

De Moreno pa bajo

Guadalupe Salcedo y el general Duarte Blum estrechan sus manos, sellando el fin del conflicto en los llanos orientales (1953).

—Mi Comandante, este mensaje es para usted —dijo el hombre que llegó corriendo. Una hora más tarde, la «revolución» recogió sus corotos, perdiéndose entre la montaña, y mi padre salía presuroso a buscarnos. Nunca olvidaré el silencio de aquella tarde.

Era la época de la guerra, o de la violencia como la llaman ahora. Liberales y conservadores se daban bala y machete venteado, no respetaban nada. A don Julio, un compadre de mi papá, lo mataron a plomazos delante de su familia por no cambiarse de bando. En su lecho de muerte, gritaba vivas al Partido Liberal y se vanagloriaba de que su sangre fuese roja y no azul. De esa guerra perdimos a mi abuela y a una tía. A mi abuela se la llevaron los godos y nunca más volvimos a saber de ella. De mi tía, nos enteramos años después de que un cabecilla de la «revolución» la hizo su mujer. La «revolución», así llamaban los viejos a las guerrillas comandadas por Guadalupe Salcedo.

Para mí fue el año de 1951 cuando ocurrió lo que voy a contar, aunque según mis hijos esa no es la fecha correcta. Mis padres tenían una finquita en la vereda Las Mesas, en Támara, recuerdo ese clima tan sabroso, todo templadito, y al río Pauto bordeando la finca. Mi madre, doña Rosita, se dedicaba a cultivar café. Don Emiliano, mi padre, era el encargado de cuidar los pocos animales que teníamos: cuatro vacas, una mula y tres perros. No teníamos mucho, pero vivíamos bien. Una mañana, mientras mi padre ordeñaba las vacas, vio a lo lejos a un grupo de hombres que se aproximaba en dirección a la finca. A pesar de la distancia, reconoció su procedencia, era gente de la «revolución». Cerca de cuarenta hombres, montados en bestias y armados hasta el fundillo, llegaron esa mañana al hogar de mis padres. El líder de ellos, al cual llamaban «Comandante», se acercó a los dueños de casa y les confirmó quiénes eran y el propósito de su visita. Además, solicitó comida y posada para sus hombres durante el tiempo que permanecieran allí.

La misión de la cuadrilla era tomarse Minas —un sector cerquita de Las Mesas—, matar a un viejo llamado Isaías, quien mandaba en ese lugar, y a unos cuantos que ya estaban fichados. Antes de instalarse, el Comandante previno a mi madre para que guardara, si tenía, a sus hijas o a cualquier otra mujer joven que se encontrara en la casa. A su mando había hombres de toda clase, desde los fieles devotos a los ideales del partido, hasta degenerados y sinvergüenzas que solo buscaban la oportunidad para hacer sus fechorías. Es que la «revolución» era tremenda, no igual a los godos, pero de vez en cuando también hacían sus vainas.

Mi madre acató la advertencia del Comandante y mandó a mi padre a esconder a mis tres hermanas y a mí en una peña pedregosa, a orillas del río. Allí permanecimos dos días, llenas de miedo y comiendo de lo poco que él lograba traernos a escondidas. Como yo era la mayor, tenía que consolar a las demás, recuerdo que les conté historias para calmarlas y también rezábamos el Padre Nuestro. Por fortuna, nadie nos encontró, ningún hombre curioso husmeó por esos lados ni sospechó de las escapadas de mi padre a ese lugar. Además, la corriente del río ayudaba a tapar el llanto de mis hermanas.

El grupo inspeccionó con cautela la zona antes de dar el golpe. Minas estaba a tan solo dos horas a caballo de Las Mesas. La operación debía ser un éxito, era la oportunidad perfecta para atacar a los pájaros, y, de paso, vengar a algunos compañeros asesinados en los últimos meses. Atacarían de noche. Una parte de ellos irrumpiría en una primera línea contra el objetivo, y los otros, aguardarían metros atrás a la espera de la señal de apoyo o para evitar que alguno godo se escapara.

Durante el segundo día de su llegada, la gente de la «revolución» esperaba en aparente calma el atardecer, momento en que se dirigirían hacia Minas. Algunos conversaban entre ellos, otros limpiaban sus pistolas o afilaban sus cuchillos, la idea era matar el tiempo antes de partir. Serían quizás las cuatro de la tarde, el sol ya comenzaba a esconderse, cuando uno de los vigías divisó a la distancia a un hombre que venía hacia ellos. De inmediato, todo el mundo se despabiló y desenfundó su revólver. Aquel hombre avanzaba presuroso y decidido, como si de él dependiera el cumplimiento de una importante misión. Al poderlo contemplar mejor, el vigía gritó aliviado:

––Es de los nuestros, mi Comandante. Es el Jacinto. La tranquilidad volvió a los cuerpos de todos y las pistolas retornaron a sus fundas. Agitado por la carrera, Jacinto entró a la finca sin saludar y preguntando por el Comandante.

—Allá está. —Le señaló con el índice derecho uno de sus compañeros.

—Mi comandante, este mensaje es para usted —exclamó Jacinto luego de entregarle la carta que con sumo cuidado traía consigo.

—¿Quién lo envía? —preguntó de inmediato el Comandante.

—Del alto mando, mi Comandante —contestó Jacinto.

En efecto, la carta provenía del comando central de las guerrillas liberales de los Llanos orientales. En ella, palabras más, palabras menos, explicaba a sus receptores que, tras llegar a algunos acuerdos con el gobierno nacional, toda actividad militar por parte de los dos bandos quedaba suspendida. «El fin de las hostilidades», rezaba la carta.

El grupo, que prestaba absoluta atención al Comandante durante la lectura de la carta, quedó perplejo cuando este terminó de leerla.

—¿Qué pasó, mi Comandante? —preguntó con cautela uno de sus hombres de confianza. El Comandante, secretamente aliviado, contestó con su habitual firmeza:

—Mi general Salcedo acaba de firmar la paz con Rojas Pinilla, de Moreno[1] pa bajo. Recojan todo que nos vamos.  


[1] Nombre que recibió entre los años 1850 y 1953 el hoy municipio de Paz de Ariporo, Casanare.

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