Hay algo dentro
de tiEs difícil de
explicarEstán hablando de
ti, chicoPero tú sigues
siendo el mismo[1]
Llegó una madrugada al
pueblo de San Roque proveniente de los llanos de Venezuela, y desde entonces
vive en casa de la señora Edith. De día, Octavio trabaja en la carnicería de
don Saúl. Es el encargado de conservar limpio y aseado el lugar, de mantener afilados
los cuchillos con que se corta la carne y de atender a los clientes mientras su
jefe recibe el dinero. Es un muchacho flaco y ojeroso, de mirada perdida, la
gente comenta que es algo raro. Casi no habla, no bebe ni le gusta salir de
noche, y tampoco tiene amigos. Lo más parecido a un vínculo personal con
alguien, es con Patricia, quien cada vez que va a la carnicería le obsequia una
sonrisa, o le obsequiaba, porque desde la muerte de su padre huyó del pueblo.
Patricia es una jovencita
de 15 años, poco agraciada, de cuerpo flacucho y senos marchitos. Tal vez lo
más rescatable de su físico sean sus pequeños ojos negros, negros como los
nubarrones de mayo, o como el pasado del inquilino de la señora Edith. A ella
parecía no incomodarle la extraña aura de Octavio, ni la fealdad de su aspecto,
al contrario, es como si hubiera sentido una dulce compasión por él, por el
indescifrable padecimiento que vislumbraba en su rostro. Y aunque nunca
cruzaron palabra, y la expresión facial del muchacho en apariencia no respondía
a sus simpáticos gestos, ella sabía, en especial por el brillo tenue de sus
ojos y el peso extra de la libra de carne que llevaba a casa, que el raro y
callado empleado de don Saul no era inmune a sus sonrisas.
Los días de Octavio en
aquel caluroso pueblo son rutinarios y abrumadores, salvo trabajar y dormir
profundamente, no realiza ninguna otra actividad. Más que alguien poco social,
se diría que es un ser triste, enajenado por su destino a vivir, al parecer por
siempre, una vida solitaria y pesarosa. A su jefe le molesta un poco esa imagen
de hombre desgraciado, piensa que eso puede espantar a los clientes, sin
embargo, le parece un buen muchacho, discreto y obediente, dispuesto en todo
momento a hacer lo que él le ordena. A Octavio poco le importa lo que puedan
llegar a pensar de él, sus únicos objetivos son acatar las órdenes de su jefe y
pasar lo más desapercibido posible en aquel lugar, ya que esto le permite no
solo conservar su trabajo, sino también mantener en secreto su lado oscuro, esa
doble vida que ni él mismo sabe que lleva. Todas las noches, mientras se
refugia en su cuarto, una sombra espectral se apodera de manera violenta de su
cuerpo y de su alma, convirtiéndolo en un ser desagradable y hostil. Todo lo
que aparenta ser bueno en él desaparece. La triste y compasiva figura humana no
va más. Desde ese momento, es el turno de él: el desgraciado, el vil, el
espanto.
De noche, vaga sin rumbo
por las calles empedradas de San Roque. Durante sus caminatas, suele entonar
las notas musicales a través de un espeluznante silbido, rompiendo el apacible
silencio de este pequeño pueblo. Todos saben la procedencia de aquel sonido y
de su presagio, los más cautelosos corren a buscar refugio tan pronto sienten
sus pasos. Quienes han logrado verlo, y viven para contarlo, dicen que es un
aparato bien grande y feo, camina encorvado vistiendo harapos y luciendo sobre
su cabeza un viejo sombrero de paja. En su espalda carga un costal donde crujen
los secos huesos de su padre, tal vez por eso camina encorvado. Cuando no está
silbando o atemorizando a la gente, rememora el día en que, lleno de ira,
asesinó a su padre al comprobar que este fue incapaz de satisfacerle cierto
capricho. Sin piedad, introdujo en repetidas ocasiones en su vientre un pequeño
y fino cuchillo, hasta desparramar gran parte de las vísceras. Preso de la
locura y el éxtasis del atroz acto, llevó las frescas entrañas a casa y pidió a
su madre sazonarlas.
Lo recuerda todo con
claridad, incluso el horror de su madre al enterarse de que su esposo, o lo que
quedaba de él, estaba allí, en sus manos. Recrea sus gritos horrorizados y ríe
de forma estrepitosa. Pero esa risa desaforada siempre da paso a una rabia
súbita, pues recuerda cómo su abuelo, al enterarse del crimen, lo amarró a un
botalón y luego lo azotó a punta de zurriago hasta casi despellejarlo.
Terminada la zurra, su abuelo lo desató y roció sobre sus heridas ají y limón,
echó tras de él a los perros del fundo y lo maldijo a vagar por siempre en el
mundo de la penumbra.
Desde ese momento,
recorrió caminos y senderos sin hallar nunca consuelo ni alivio. Tras su
condena, su alma fue adquirida por Satanás, quien lo convirtió en una especie
de recaudador del mal. En adelante, su ocupación, o más bien, la orden de su
jefe, es la de ir en busca de seres descarriados, de preferencia borrachos y
mujeriegos. A los primeros les succiona el licor a través de sus ombligos, a
los otros los despedaza con cautela, arrancándoles uno a uno los huesos.
Disfruta impávido y sin remordimiento lo que hace, su trance maligno le impide
recordar quién es, o quién era, ni lo que hacía antes de llegar aquí. Tan solo
en una oportunidad experimentó una rara sensación. Mientras le absorbía el
alcohol a un viejo ebrio, alzó su cabeza al notar que alguien lo observaba. En
efecto, otra persona estaba allí, era una niña que, atónita, lloraba en
silencio. Al detener su mirada sobre las nubosas cintilaciones de la menor, se
paralizó de inmediato, fue como si en ese momento y gracias a esos ojos,
hubiese cobrado conciencia de su ser, de sus actos, de ese rostro infantil que
le pareció que en otra vida le procuraba sonrisas y gestos amables.
Antes de que la oscuridad
pierda su color, el espanto irrumpe sigiloso en la casa de la señora Edith. La
aparición del sol no solo anuncia la llegada de un nuevo día, sino también el
regreso de la lánguida versión humana que vive allí. Así es su trajín matutino.
De día, purga su crimen trabajando en una carnicería. De noche, deambula por
las calles y veredas en busca de tipos viciosos y corrompidos. De día responde
al nombre de Octavio. De noche, los precavidos y supersticiosos, los creyentes
y ancianos, lo llaman Silbón.

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