— Patrón, ¿recuerda el
sueño que le conté la semana pasada?
—¿Dónde usted ganaba un
coleo?
—Sí, señor, ese mismito.
No he dejado de pensar en eso; ya casi ni duermo. Y vea que es como el destino,
porque justo este fin de semana hay una encerrona aquí en la vereda. Voy a
participar porque estoy seguro de que me gano esa pija’.
— ¿Y usted sí sabe de
eso, Claudio?
—La verdad es que nunca
he coleado. No me llamaba la atención y a veces pienso que es pura fachosería.
— ¿Pero ahora qué va a
ganar el premio si le llama la atención?
— ¡Pues clarooo!
—Qué hombre tan resuelto,
déjeme decirle. Pues ojalá le vaya bien. Imaginó entonces que toda esta
conversa es porque necesita algo, ¿verdad?
—Sí, señor. Le
agradecería mucho que me prestara un caballo; usted sabe que solo tengo el día
y la noche. Apenas termine el coleo se lo devuelvo.
—Llévese a Ponsadera, está algo vieja, pero todavía corre bueno.
Claudio agradeció al
Blanco por el favor, y esbozando esa sonrisita de bobalicón que solía colocar
cuando estaba feliz, partió rumbo a su rancho.
Era la mañana del torneo
y Claudio estaba más que convencido de su premonición. Durante la noche
anterior contempló, una y otra vez, el momento exacto en el que el narrador del
coleo lo anunciaba como el ganador, y los chiflidos y aplausos de la gente
festejando su triunfo. Pero el delirio no paraba allí, mientras ensillaba a
Ponsadera, su cabeza no dejaba de preguntarse en qué debería gastar el premio.
Adquirir una moto fue su primera opción, estaba mamado de echar pata y además
le serviría para ir al pueblo en cualquier momento. Luego pensó en comprarse un
sombrero pelo e’guama y unas buenas botas vaqueras. Verse bien remontado en los
parrandos y llamar la atención de las muchachas coquetas, fue siempre su
objetivo al cumplir la mayoría de edad. De ahí en adelante, un montón de
artículos y bienes fueron engrosando la ya larga lista del joven peón.
Ya en la manga, el narrador hizo el llamado para que el participante con el número 57 estuviese preparado en la cabecera, a fin de dar inicio a su turno. Jinete y caballo se encontraban en posición, esperando su debut aquella tarde de mayo.
—¡Hay cacho en la manga, señores!, —exclamó el narrador.
El toro avanzó lento,
regañado, por lo que Claudio debió azuzarlo para que aligerara el paso. Aun
así, el animal seguía con un trote lerdo, perjudicando notablemente al
coleador, quien en la primera zona apenas tuvo fuerzas para que el bicho cayera
de lado. Los nervios hacían sudar por borbollones a Claudio, que, sofocado por
su floja presentación hasta ahora, apenas si oía o veía algo distinto que no
fuera el toro. Camino a la segunda zona, con más ímpetu que otra cosa e
intentando dejar atrás los nervios de principiante, Claudio salió decidido a
darle vuelta e’ campana al toro y terminar airoso su faena. Agarró con
determinación la cola del animal, se apartó hacia el lado izquierdo de la silla
y la jaló lo más fuerte que pudo. El toro sintió ese primer jalonazo y opuso
resistencia. Estimulado por la firmeza de su rival, el coleador jaló aún más
fuerte, pero el bicho seguía intacto.
Los metros se le acababan a Claudio y la impotencia empezaba a invadirlo, aquel maute de 350 kilos boicoteaba la compra de la moto. Desesperado, espoleó a Ponsadera para que acelerara el paso y quedara lo más diagonal posible al toro, así la fuerza de arrastre sería mayor. Con las últimas energías que aún le quedaban, agarró una vez más la cola del toro y, cerrando los ojos, se aferró a ella. A la par, de forma extraña y temeraria, el inexperto coleador se apartó aún más de la silla, casi rozando el piso con los pies.
— Se va a caer ese jodio’, gritaron algunos en la grada.
El toro, a lo mejor pensándose imbatible, no creyó nunca que Claudio tuviese los arrestos para intentar tumbarlo de nuevo, por eso, su sorpresa fue mayúscula al comprobar que había tragado tierra tras girar completamente sobre su eje. El narrador eufórico anunció la valiosa maniobra realizada por el participante número 57. Los conocidos de Claudio que fueron a verlo, bolearon sus ponchos al aire causando gran algarabía, estaban orgullosos de su amigo. Lástima que no alcanzara a oírlos, de seguro le habría encantado presenciar aquel bullicio. Mientras Ponsadera desorientada corría hacia el final de la manga, el maute de 350 kilos, que ya se había levantado, contemplaba impávido aquella tarde gris, así como al jinete que yacía desnucado en el suelo.
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