jueves, 20 de marzo de 2025

La vida va en serio

En Colombia, una buena parte de los adultos mayores[1] no tiene acceso a privilegios o asistencias que les permita llevar de manera cómoda y digna esa etapa de la vida[2]. Y aun así, contando con algún tipo de respaldo económico o familiar para afrontar la vejez, asumo lo poco grato que debe ser aceptar estar en edad de pensión. 

De repente, ya no mides el tiempo de manera normal, por años o por décadas, sino por la cantidad de presidentes de la república o Papas a los cuales has sobrevivido. No entiendes los temas de conversación de los más jóvenes, y cada tanto debes pedirles ayuda porque las nuevas tecnologías parecieran estar en contra tuya a cada momento.

Te das cuenta de que tus capacidades motoras han disminuido notablemente, que te cansas con facilidad, que al menor descuido, sin importar el sitio, te quedas dormido. Ahora debes usar gafas para ver el nombre de los medicamentos y no confundirlos, si es que no olvidas tomarlos. Tu memoria a corto plazo desaparece, junto con el nombre de algunos familiares o conocidos.

A menudo vives de mal genio y ya nada parece ser de tu agrado. Le pides a la gente que hable duro para poder escucharla. Das respuestas incoherentes en las conversaciones porque malinterpretas lo que te dicen, o asientes con la cabeza o pronuncias monosílabos porque en definitiva no entendiste nada.

No puedes comer esto, o beber aquello, porque se te suben los triglicéridos o el azúcar.  Tienes dolores constantes de cabeza, huesos y espalda. Sufres de hipertensión, te agarra la menopausia, la andropausia, la gota, o el reuma. Tu estómago se inflama con facilidad, y cuando vas al baño, parece micción imposible.

Pierdes injerencia en el trabajo o en tus actividades cotidianas. Tus decisiones no son acatadas como antes, tus hijos simulan estar de acuerdo contigo en algunas cosas para no llevarte la contraria. A tus conocidos les aburre escucharte contar las mismas anécdotas de siempre, ignoran tus consejos y fingen divertirse con tus chistes.

Te arrepientes de las cosas que no hiciste, de irte de un lugar, de no haberte ido, de que no fuiste lo que querías ser, de haberte creído invencible. Pierdes la cuenta de tus muertos, vives con el recuerdo latente de ese ser amado fallecido, y a pesar de estar rodeado de personas, quizás de tu familia, te sientes más solo que nunca.

Das gracias por todo y te pones sentimental por cualquier cosa. Te sientas en una silla afuera de tu casa a contemplar a los transeúntes sin poder reconocerlos, y piensas en el ayer, lo añoras. Te sientes desconectado del presente, te parece hostil, no hay espacio para ti en él, lo que reafirma tu creencia de que todo tiempo pasado, fue mejor.


[1] En Colombia, los adultos mayores son aquellas personas que tienen 60 años de edad o más (Art. 3 de la Ley 1251 de 2008).

[2] Según el DANE, solo el 25,5% de las personas en edad de pensión goza efectivamente de esta prestación económica. – M., J. R. (2023, junio 21). Estas son las condiciones de vida de los adultos mayores en el país. Portafolio. https://www.portafolio.co/economia/finanzas/adultos-mayores-en-colombia-cual-es-el-panorama-actual-584749.

martes, 21 de enero de 2025

Tenemos que hablar

¡Hola! Me agrada que el blog siga teniendo visitas, así que compartiré por aquí algunas de las columnas que publico en otros sitios. 

Como siempre, muchas gracias por leerme ✌️.  

Al revisar unos guiones radiofónicos, hechos por los participantes de un taller de radio, al cual fui invitado como tallerista, encontré que la mayoría de los escritos contaban con la generosa colaboración de ChatGPT.

Comencé a sentir curiosidad por lo bien redactados que estaban los guiones, sobre todo uno en particular. Párrafos cortos y bien estructurados, con más puntos seguidos que comas y con los signos de interrogación y admiración completos. No eran perfectos, pero sí extrañamente buenos para jóvenes entre los 18 y 25 años que por primera vez hacían este ejercicio.

Hasta ese momento, pese a ciertas señales de un posible plagio, lejos estaba de imaginármelo. Tal vez mi escaso conocimiento en los usos de las inteligencias artificiales, y el hecho de haber subestimado un copie y pegue para esta tarea, hicieron que mis dudas sobre la originalidad de los escritos fuesen minúsculas.

Pero todo cambió cuando entregué la retroalimentación de los guiones. A los grupos que participaron, les escribí por WhatsApp felicitándolos por su gran trabajo y por aplicar los consejos dados durante el taller. La mayoría de los grupos respondió a mis felicitaciones con gran satisfacción y reaccionando con emoticones o stickers, excepto uno. La respuesta de este excepcional grupo fue una lacónica, pero reveladora frase: vale gracias.

Ese «vale gracias», me recordó la escena donde Watson, en Sherlock Holmes 2, descubre al asesino en el salón de baile. Tras derribar de forma deliberada una bandeja con copas de champán, Watson observa con atención al único hombre de la sala que no desvió su mirada en dirección a las copas rotas.

—El asesino tomó precauciones para no delatarse… — comenta Sherlock Holmes en una escena simultánea a la del salón de baile.

—Podría no ser tan obvio, continúa Holmes — un tic nervioso, señales de ansiedad. O tal vez sea lo opuesto: olvidar actuar natural. Un actor tan inmerso en su papel, que la única característica que no exprese sea una reacción espontánea.

Luego de consultar a un amigo sobre cómo saber si alguien estaba usando ayuda extra en sus escritos, me recomendó un detector de ChatGPT que podía encontrar en internet. Al pasar los guiones por el detector, el resultado fue bochornoso. Más del 87 % del contenido de los textos había sido generado por una IA.

Sentí un leve enojo por el tiempo que invertí revisando los guiones, pero ni el fraude, ni el hecho de que hubiesen pretendido engañarme, me molestó. No es la primera ni será la última vez que alguien decida utilizar un contenido ajeno, y luego lo haga pasar como propio. El plagio está mal y se debe reprochar y castigar. Pero, como diría una frase popular, «por ahí no van los tiros».

Lo que experimenté tras lo sucedido fue más bien desazón, desazón de corroborar que día por día ya nadie quiere imaginar. Y no solo son los jóvenes, los más grandes también andamos en esas. O estamos muy saturados, o muy vacíos, que hemos decidido de manera paulatina huir de cualquier esfuerzo que implique pensar.

Nos conformamos con ese lenguaje soso, reiterativo y simplón que a diario se nos impone, y que, como buenos vasallos, aceptamos sin mayor protesta. Estructurar palabras o sonidos de tal manera que nos permitan extraer la belleza habitada en ellas, nos abruma, nos molesta. Siempre jugando a lo seguro, a lo fácil, aplicando la ley del mínimo esfuerzo.

Viene bien para este momento, lo dicho por Estanislao Zuleta en su ensayo Elogio a la dificultad [1]:

«Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades».

Hace poco vi en YouTube el Tiny Desk de Ca7riel & Paco Amoroso, dos músicos argentinos, que me voló la cabeza. Dos tipos, acompañados por un grupo de músicos estelares, interpretaron una serie de canciones con una cantidad de ritmos entremezclados, letras sensuales y extravagantes, y un solle brutal. Una locura que dura aproximadamente 17 minutos, y que quizás sea uno de los mejores productos audiovisuales del 2024.

Al verlos, pensé en lo importante de su existencia en un mundo como este: plagado de frases hechas, de sonidos y mezclas predeterminadas y de inteligencias artificiales escribiéndote qué decir. Se necesitan muchos como Ca7riel & Paco que quieran arrojar la bandeja al suelo, y que con el ruido de las copas le hagan saber a la gente que está viva, que se vale innovar, que el miedo a la experimentación y al raciocinio solo es propio de seres inseguros y limitados.


[1] Zuleta, Estanislao. (2017). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Editorial Planeta. https://www.planetalector.com.co/usuaris/libros_contenido/arxius/44/43162_1_Elogio_de_la_dificultad_contemporaneo.pdf

La inutilidad de la amistad

Mientras comía empanadas en un pequeño local, dos mujeres muy cerca de mí conversaban sobre un hombre que le daba la oportunidad a una de ellas de tener un empleo.

—Por fin sirvió ser amiga de ese man, dijo la más joven.

Me causó gracia pero no extrañeza las palabras de la chica. Por supuesto, su comentario no deja de sonar algo egoísta. Pero que los vínculos humanos, como la amistad, estén basados en el rédito que de él pueda obtenerse, no es una novedad.

Aristóteles decía que existe una amistad basada en la utilidad, donde lo que se valora de un amigo es su beneficio. Y aunque para muchos esta idea puede ser discutible, es viable según el propio Aristóteles cuando hay una comprensión compartida del origen de la amistad [1]. Dime que tan útil eres y te diré que tan amigos podemos ser, sería quizás el adagio aplicable en este caso.

Sin embargo, pese a existir consenso y conciencia del tipo de amistad que estamos entablando, ese provecho recíproco con el tiempo puede derivar en un repugnante manoseo del otro.

Decir que al entablar una relación de afecto con alguien no haya ningún tipo de interés, sería mentir. Porque aunque no busquemos nada material, podemos estar tras esas sensaciones que nos hacen bien y que no encontramos en otro lugar. Pero relegar un vínculo tan bello como la amistad a una mera transacción de beneficios, no deja de parecerme propio de seres mezquinos.

Y es justo allí donde me surge un par de interrogantes: ¿Debe la amistad ser un intercambio recíproco y constante de ayudas y favores?, ¿considerarse buen amigo de alguien significa estar siempre a su lado? Algo me dice que estamos condicionando los lazos afectivos a una continua prestación de servicios personales, que de interrumpirse, podría dar origen a una serie de disgustos y malentendidos, en el mejor de los casos.

Todos necesitamos en algún momento esa mano amiga, ese abrazo o ese consejo indicándonos que todo estará bien. Anhelamos tener a alguien que, en la enfermedad o el desempleo, nos dé su apoyo y nos haga saber que no estamos solos. Pero pretender recibir ayuda cada vez que la requerimos, aparte de ser materialmente imposible, es de un egoísmo y atrevimiento propio de esta época.

Tal vez no haya objeción en que un buen amigo es aquel con el que disfrutas los días soleados, y al mismo tiempo con el que te resguardas cuando el sol raya de frente. ¿Pero y si concertarnos que la amistad también es conversar sobre cosas sin importancia? De recordar las novelas y los muñequitos que de niño veías en la T.V. o de compartir una cerveza o una comida un viernes por la noche echando chisme.

Ni hablar de ese libro que regalas por el simple de hecho de creer que le gustará a esa otra persona, o le hará bien su lectura.

Hay un pasaje en el Libro del desasosiego, de Pessoa, que dice: «¿Por qué es bello el arte? Porque es inútil. ¿Por qué es fea la vida? Porque está llena de fines y propósitos e intenciones».

Un amigo de verdad no atiende tu llamado de auxilio para acumular puntos y luego redimirlos al necesitar un favor tuyo. Te ayuda porque odiaría saber que las conversaciones sobre asuntos sin importancia, no van más. Sentiría un gran vacío al no poder enviarte esa frase interesante que encontró en el libro que está leyendo, o ese meme o tuit divertido que vio en internet.

La vida ya de por sí es compleja (y eso es quedarse corto), como para imponerle a otro parroquiano la difícil tarea de salvarte el pellejo cada vez que lo requieras. Aprendamos a disfrutar lo hermoso de lo inútil, y tal vez las decepciones serán menos. Y los amigos, los buenos, más.


Referencia:

[1]   Katz, Emily. (01 de junio de 2023). Tres lecciones de Aristóteles sobre la amistad. Ethic. https://ethic.es/

 

domingo, 23 de junio de 2024

Un gracias es todo lo que puedo ofrecerle

Debe ser porque es junio, porque me parece que el ambiente en Colombia huele a cansancio, o a que llueve casi todos los días, que creo escuchar Las tardes grises de junio de Jorge Guerrero en cualquier lugar. Es eso, o se me corrió la teja del todo.

Entro a una tienda a comprar una botella de agua, está sonando la canción. Paso cerca de un billar o una cantina, los clientes tararean la canción. Prendo la radio, ¡y oh sorpresa!, el locutor anuncia que a petición de un fiel oyente dejará sonar esa canción. Incluso el otro día, mientras pagaba el recibo de la luz, un reciclador, muy impávido él, caminaba por la calle empujando una carreta de la cual a todo volumen Guerrero cantaba su famoso tema.

Tal vez sea esa inevitable manía mía de ver todo desde la óptica literaria, que creí en un primer momento que aquella sucesión de encuentros musicales trataba de decirme algo. Pero a pesar de mi rápida búsqueda, temía que el supuesto mensaje se diluyera en la región del olvido, no lo encontré. O no lo vi, o era de nuevo mi habitual sobrepensadera haciendo de las suyas.

Por suerte se me pasó la pendejada. Luego, pensé en la acertada decisión de acompañar mi existencia con la música de Jorge Guerrero. No recuerdo con exactitud el momento en que empecé a escucharlo, pero viviré agradecido por siempre a lo que sea que me haya acercado a él. 

Es extraño el aprecio que siento por este cantautor, su único mérito para despertar mi afecto, es hacer parte de su obra una gran oda a la melancolía. Pero de alguna manera creo entender aquella estima. Me reconozco en esa nostalgia artística del «Guerrero del folclore», en esa manera tan suya de expresar el dolor y en la sensibilidad que le permite compartirlo con sus seguidores.

Y es que a quien no se le ha suavizado la vida al escuchar un «guerrerazo», que alce la mano al que Guayabo de mes y pico no le haya arrugado el pecho, o que Mi testamento no haya intentado lagrimearle los ojos. Nadie mis hermanos, que ose decir amar la música de la tierra plana, habrá salido ileso de las letras del hijo querido de Elorza. 

Esa voz lastimera y sosegada ha paliado los días más amargos de muchos. Nos ha recordado lo intrascendente de nuestras vidas, y lo bueno que así sea. Nos ha enseñado a ir por el mundo sin tanto afán ni complique y ha acompañado esos tragos en nombre de un amor traicionero, o un calambre en el alma.

Un gracias es poco, pero es lo único que puedo ofrecerle al señor que ha inspirado este texto. Espero el destino lo trate con la mayor benevolencia posible y que los aparatos de sonido no lo apaguen jamás.

domingo, 24 de marzo de 2024

Morichales: El llano que no sale en las fotos

 ¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

—  El llano en llamas, Juan Rulfo

Llegar a Los Morichales, vereda ubicada al nororiente de Paz de Ariporo/Casanare, nos tomó cerca de cinco horas de viaje desde el casco urbano de este municipio, por carretera en gran parte destapada.

Antes de arribar a aquel lugar, se debe pasar por veredas como Montañas del Totumo, punto preferido por los viajeros para refrescarse o estirar las piernas. Hasta allí (dos horas de camino), a pesar de ser zona rural, el entorno te hace sentir que la «civilización» está a la vuelta de la esquina: flujo vehicular frecuente, señal de telefonía aceptable, billares y tiendas de abarrotes, hacen del sitio una semejanza a un municipio de sexta categoría.  

La cosa se torna distinta al dejar atrás el sector. La vía se vuelve de un solo carril y las casas a la orilla de la carretera comienzan a desaparecer, al igual que las líneas de energía eléctrica y los vehículos. Ya sin conexión móvil, el tiempo parece transcurrir de manera distinta a lo habitual, ni más despacio ni más rápido, solo diferente, como si hubieses atravesado una grieta temporal que te lleva de una dimensión a otra.

De pronto, observas como los montes son remplazados por matas de moriche, los espejos de agua nacen como oasis en el desierto, y el silencio, apenas interrumpido por la fuerte brisa, se vuelve una constante. Planicies interminables, marranos sabaneros paseando sus crías, venados atentos al peligro, galápagas y babillas dándose un baño de sol y aves de todos los tamaños y colores, completan el cuadro.

Aquí la frase: «El llano es un paraíso», muchas veces sobreactuada, cobra vigencia.

Mi visita a Los Morichales lastimosamente no obedecía a una excursión turística o una salida recreativa. En virtud de mi calidad como apoderado judicial dentro de un proceso policivo, debía estar presente en la audiencia de inspección ocular a realizarse en los predios objeto de litigio.   

El objetivo de la inspección era constatar la perturbación a la posesión ejercida por los demandados hacia mis clientes, la cual se materializa en el impedimento de poder cercar sus fincas y luego venderlas.

Padres, hijos y hermanos se disputan a la vieja usanza el derecho a la propiedad sobre terrenos que aducen pertenecerles. Entre agresiones físicas y verbales, amenazas de muerte e intimidaciones, aquella familia transita el círculo maldito que rodea desde siempre a la tierra en Colombia: usurpación, despojo, odio y venganza.

Bajo la candela inclemente del sol de marzo, rodeado de rostros cuya piel ese mismo sol y muchos otros soles se encargaron de oscurecer, el funcionario responsable de verificar los linderos hacia su trabajo. Yo me limitaba a contemplar un gran estero que estaba cerca de nosotros, el cual, nos enteraríamos después, es una de las principales razones de aquel conflicto.

Al ser la única fuente de agua para los animales en el verano, nadie está dispuesto a perder la posibilidad de usufructuar este recurso, así toque atentar contra la integridad de una persona, sin importar siquiera si es un familiar.

Irónico, la riqueza que hace inigualable este lugar, al mismo tiempo provoca los males de quienes lo habitan.

Me pregunté entonces, porque Dios, o a quien corresponda el mérito, se tomó la molestia de crear este paraíso para luego abandonarlo, para permitir que la injusticia obre a sus anchas. Al ver el horizonte, obtuve la respuesta. Dios no lo abandonó, solo que al crear tal infinitud, no se percató de la imposibilidad posterior de verlo todo, dejando puntos muertos en los cuales bien podría el hombre cometer sus fechorías.

Revisados los linderos, y con la promesa clara oscura de los demandados de permitir cercar ciertos puntos, aguardando por el dictamen pericial y el fallo del proceso para la cerca total de los predios, emprendimos el viaje de regreso.

Esfumado el embeleso con el que llegué a Los Morichales, se me hizo tan lejano este llano a esa versión espléndida y tranquila replicada en muchas partes. Pero creo que más que lejano, es desconocido. Este llano siempre ha estado ahí: el robo de ganado, la usurpación de tierras, las corridas de cerca, presencia de grupos armados y la ley por mano propia, no son fenómenos recientes.  

El llano, como la luna, también tiene su lado oscuro, ese que casi nadie ve o del que poco se quiere hablar, ese que no sale en las espectaculares imágenes publicadas en Instagram o Facebook. Es un lado agreste y recio, implacable con quien osa habitarlo, y nada indulgente ante el mínimo indicio de fragilidad.

 

jueves, 15 de febrero de 2024

Dios salve a las peluquerías

El mundo, tal y como los conocemos, con sus afanes y atropellos, sucede en otro lugar, no allí. Encuentras divertidos por muy malos que sean los chistes de la estilista, te causan gracia las anécdotas del barbero y prestas suma atención a los chismes contados por los clientes.

De día, de noche

Ilustración de: Camila cuida Hay algo dentro de ti Es difícil de explicar Están hablando de ti, chico Pero tú sigues siendo el mismo [1] L...