domingo, 13 de septiembre de 2026

De día, de noche


Ilustración de: Camila cuida

Hay algo dentro de ti
Es difícil de explicar
Están hablando de ti, chico
Pero tú sigues siendo el mismo[1]

Llegó una madrugada al pueblo de San Roque proveniente de los llanos de Venezuela, y desde entonces vive en casa de la señora Edith. De día, Octavio trabaja en la carnicería de don Saúl. Es el encargado de conservar limpio y aseado el lugar, de mantener afilados los cuchillos con que se corta la carne y de atender a los clientes mientras su jefe recibe el dinero. Es un muchacho flaco y ojeroso, de mirada perdida, la gente comenta que es algo raro. Casi no habla, no bebe ni le gusta salir de noche, y tampoco tiene amigos. Lo más parecido a un vínculo personal con alguien, es con Patricia, quien cada vez que va a la carnicería le obsequia una sonrisa, o le obsequiaba, porque desde la muerte de su padre huyó del pueblo.

Patricia es una jovencita de 15 años, poco agraciada, de cuerpo flacucho y senos marchitos. Tal vez lo más rescatable de su físico sean sus pequeños ojos negros, negros como los nubarrones de mayo, o como el pasado del inquilino de la señora Edith. A ella parecía no incomodarle la extraña aura de Octavio, ni la fealdad de su aspecto, al contrario, es como si hubiera sentido una dulce compasión por él, por el indescifrable padecimiento que vislumbraba en su rostro. Y aunque nunca cruzaron palabra, y la expresión facial del muchacho en apariencia no respondía a sus simpáticos gestos, ella sabía, en especial por el brillo tenue de sus ojos y el peso extra de la libra de carne que llevaba a casa, que el raro y callado empleado de don Saul no era inmune a sus sonrisas.

Los días de Octavio en aquel caluroso pueblo son rutinarios y abrumadores, salvo trabajar y dormir profundamente, no realiza ninguna otra actividad. Más que alguien poco social, se diría que es un ser triste, enajenado por su destino a vivir, al parecer por siempre, una vida solitaria y pesarosa. A su jefe le molesta un poco esa imagen de hombre desgraciado, piensa que eso puede espantar a los clientes, sin embargo, le parece un buen muchacho, discreto y obediente, dispuesto en todo momento a hacer lo que él le ordena. A Octavio poco le importa lo que puedan llegar a pensar de él, sus únicos objetivos son acatar las órdenes de su jefe y pasar lo más desapercibido posible en aquel lugar, ya que esto le permite no solo conservar su trabajo, sino también mantener en secreto su lado oscuro, esa doble vida que ni él mismo sabe que lleva. Todas las noches, mientras se refugia en su cuarto, una sombra espectral se apodera de manera violenta de su cuerpo y de su alma, convirtiéndolo en un ser desagradable y hostil. Todo lo que aparenta ser bueno en él desaparece. La triste y compasiva figura humana no va más. Desde ese momento, es el turno de él: el desgraciado, el vil, el espanto.

De noche, vaga sin rumbo por las calles empedradas de San Roque. Durante sus caminatas, suele entonar las notas musicales a través de un espeluznante silbido, rompiendo el apacible silencio de este pequeño pueblo. Todos saben la procedencia de aquel sonido y de su presagio, los más cautelosos corren a buscar refugio tan pronto sienten sus pasos. Quienes han logrado verlo, y viven para contarlo, dicen que es un aparato bien grande y feo, camina encorvado vistiendo harapos y luciendo sobre su cabeza un viejo sombrero de paja. En su espalda carga un costal donde crujen los secos huesos de su padre, tal vez por eso camina encorvado. Cuando no está silbando o atemorizando a la gente, rememora el día en que, lleno de ira, asesinó a su padre al comprobar que este fue incapaz de satisfacerle cierto capricho. Sin piedad, introdujo en repetidas ocasiones en su vientre un pequeño y fino cuchillo, hasta desparramar gran parte de las vísceras. Preso de la locura y el éxtasis del atroz acto, llevó las frescas entrañas a casa y pidió a su madre sazonarlas.

Lo recuerda todo con claridad, incluso el horror de su madre al enterarse de que su esposo, o lo que quedaba de él, estaba allí, en sus manos. Recrea sus gritos horrorizados y ríe de forma estrepitosa. Pero esa risa desaforada siempre da paso a una rabia súbita, pues recuerda cómo su abuelo, al enterarse del crimen, lo amarró a un botalón y luego lo azotó a punta de zurriago hasta casi despellejarlo. Terminada la zurra, su abuelo lo desató y roció sobre sus heridas ají y limón, echó tras de él a los perros del fundo y lo maldijo a vagar por siempre en el mundo de la penumbra.

Desde ese momento, recorrió caminos y senderos sin hallar nunca consuelo ni alivio. Tras su condena, su alma fue adquirida por Satanás, quien lo convirtió en una especie de recaudador del mal. En adelante, su ocupación, o más bien, la orden de su jefe, es la de ir en busca de seres descarriados, de preferencia borrachos y mujeriegos. A los primeros les succiona el licor a través de sus ombligos, a los otros los despedaza con cautela, arrancándoles uno a uno los huesos. Disfruta impávido y sin remordimiento lo que hace, su trance maligno le impide recordar quién es, o quién era, ni lo que hacía antes de llegar aquí. Tan solo en una oportunidad experimentó una rara sensación. Mientras le absorbía el alcohol a un viejo ebrio, alzó su cabeza al notar que alguien lo observaba. En efecto, otra persona estaba allí, era una niña que, atónita, lloraba en silencio. Al detener su mirada sobre las nubosas cintilaciones de la menor, se paralizó de inmediato, fue como si en ese momento y gracias a esos ojos, hubiese cobrado conciencia de su ser, de sus actos, de ese rostro infantil que le pareció que en otra vida le procuraba sonrisas y gestos amables.

Antes de que la oscuridad pierda su color, el espanto irrumpe sigiloso en la casa de la señora Edith. La aparición del sol no solo anuncia la llegada de un nuevo día, sino también el regreso de la lánguida versión humana que vive allí. Así es su trajín matutino. De día, purga su crimen trabajando en una carnicería. De noche, deambula por las calles y veredas en busca de tipos viciosos y corrompidos. De día responde al nombre de Octavio. De noche, los precavidos y supersticiosos, los creyentes y ancianos, lo llaman Silbón.



[1] Traducción al español de Nightcall - Kavinsky

domingo, 16 de agosto de 2026

La Mona y el querubín

Music track: Dreaming After Work by Lukrembo

En las fronteras colombianas con otros países o en el aeropuerto El Dorado, en lugar de un letrero con las palabras «Bienvenido a Colombia», debería ir esta frase de Truman Capote: No hace falta estar loco para vivir aquí, pero facilita las cosas. De ninguna otra manera podría explicársele al mundo, y a nosotros mismos, cómo le hacemos a diario para lidiar con nuestra realidad tan folclórica, absurda, sangrienta y desigual.

Buenas. Para esta entrega, el libro reseñado contiene bastante lenguaje bíblico, lluvias torrenciales y gente pobre. Con él, además de reírse con agrado, aprenderá sobre ángeles, hará una inmersión en las barriadas bogotanas y presenciará, como dice su autora, ese sentimiento fuerte de desprotección que llevamos todos los colombianos. Bienvenidos a Dulce compañía, de Laura Restrepo.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Cuando un bobo se alegra, alguna vaina se lleva


— Patrón, ¿recuerda el sueño que le conté la semana pasada? 

—¿Dónde usted ganaba un coleo?

—Sí, señor, ese mismito. No he dejado de pensar en eso; ya casi ni duermo. Y vea que es como el destino, porque justo este fin de semana hay una encerrona aquí en la vereda. Voy a participar porque estoy seguro de que me gano esa pija’. 

— ¿Y usted sí sabe de eso, Claudio? 

—La verdad es que nunca he coleado. No me llamaba la atención y a veces pienso que es pura fachosería.

— ¿Pero ahora qué va a ganar el premio si le llama la atención? 

— ¡Pues clarooo!

—Qué hombre tan resuelto, déjeme decirle. Pues ojalá le vaya bien. Imaginó entonces que toda esta conversa es porque necesita algo, ¿verdad?

—Sí, señor. Le agradecería mucho que me prestara un caballo; usted sabe que solo tengo el día y la noche. Apenas termine el coleo se lo devuelvo. 

—Llévese a Ponsadera, está algo vieja, pero todavía corre bueno. 

Claudio agradeció al Blanco por el favor, y esbozando esa sonrisita de bobalicón que solía colocar cuando estaba feliz, partió rumbo a su rancho.

Era la mañana del torneo y Claudio estaba más que convencido de su premonición. Durante la noche anterior contempló, una y otra vez, el momento exacto en el que el narrador del coleo lo anunciaba como el ganador, y los chiflidos y aplausos de la gente festejando su triunfo. Pero el delirio no paraba allí, mientras ensillaba a Ponsadera, su cabeza no dejaba de preguntarse en qué debería gastar el premio. Adquirir una moto fue su primera opción, estaba mamado de echar pata y además le serviría para ir al pueblo en cualquier momento. Luego pensó en comprarse un sombrero pelo e’guama y unas buenas botas vaqueras. Verse bien remontado en los parrandos y llamar la atención de las muchachas coquetas, fue siempre su objetivo al cumplir la mayoría de edad. De ahí en adelante, un montón de artículos y bienes fueron engrosando la ya larga lista del joven peón.

Ya en la manga, el narrador hizo el llamado para que el participante con el número 57 estuviese preparado en la cabecera, a fin de dar inicio a su turno. Jinete y caballo se encontraban en posición, esperando su debut aquella tarde de mayo.

—¡Hay cacho en la manga, señores!, —exclamó el narrador. 

El toro avanzó lento, regañado, por lo que Claudio debió azuzarlo para que aligerara el paso. Aun así, el animal seguía con un trote lerdo, perjudicando notablemente al coleador, quien en la primera zona apenas tuvo fuerzas para que el bicho cayera de lado. Los nervios hacían sudar por borbollones a Claudio, que, sofocado por su floja presentación hasta ahora, apenas si oía o veía algo distinto que no fuera el toro. Camino a la segunda zona, con más ímpetu que otra cosa e intentando dejar atrás los nervios de principiante, Claudio salió decidido a darle vuelta e’ campana al toro y terminar airoso su faena. Agarró con determinación la cola del animal, se apartó hacia el lado izquierdo de la silla y la jaló lo más fuerte que pudo. El toro sintió ese primer jalonazo y opuso resistencia. Estimulado por la firmeza de su rival, el coleador jaló aún más fuerte, pero el bicho seguía intacto.

Los metros se le acababan a Claudio y la impotencia empezaba a invadirlo, aquel maute de 350 kilos boicoteaba la compra de la moto. Desesperado, espoleó a Ponsadera para que acelerara el paso y quedara lo más diagonal posible al toro, así la fuerza de arrastre sería mayor. Con las últimas energías que aún le quedaban, agarró una vez más la cola del toro y, cerrando los ojos, se aferró a ella. A la par, de forma extraña y temeraria, el inexperto coleador se apartó aún más de la silla, casi rozando el piso con los pies.

— Se va a caer ese jodio’, gritaron algunos en la grada.

El toro, a lo mejor pensándose imbatible, no creyó nunca que Claudio tuviese los arrestos para intentar tumbarlo de nuevo, por eso, su sorpresa fue mayúscula al comprobar que había tragado tierra tras girar completamente sobre su eje. El narrador eufórico anunció la valiosa maniobra realizada por el participante número 57. Los conocidos de Claudio que fueron a verlo, bolearon sus ponchos al aire causando gran algarabía, estaban orgullosos de su amigo. Lástima que no alcanzara a oírlos, de seguro le habría encantado presenciar aquel bullicio. Mientras Ponsadera desorientada corría hacia el final de la manga, el maute de 350 kilos, que ya se había levantado, contemplaba impávido aquella tarde gris, así como al jinete que yacía desnucado en el suelo.

Dos esposos extraviados y un gato perdido

Music track: Imagine by Lukrembo
Buenas. Este año, hasta donde las circunstancias nos lo permitan, estaremos reseñando cada mes un libro. No habrá temas, autores ni géneros específicos. Los libros reseñados serán elegidos al arbitrio de este servidor, procurando en lo posible que dicha elección sea de lo más selecta y variada.

Para esta ocasión, iniciaremos con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, del escritor japonés Haruki Murakami. Si aún no ha leído nada del señor Murakami, no estaría mal primero darse una vuelta por alguna de sus obras un tanto más ligeras. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es extensa y algo compleja, por lo que comenzar con ella podría disuadir la lectura de este gran autor.

martes, 7 de julio de 2026

De Moreno pa bajo

Guadalupe Salcedo y el general Duarte Blum estrechan sus manos, sellando el fin del conflicto en los llanos orientales (1953).

—Mi Comandante, este mensaje es para usted —dijo el hombre que llegó corriendo. Una hora más tarde, la «revolución» recogió sus corotos, perdiéndose entre la montaña, y mi padre salía presuroso a buscarnos. Nunca olvidaré el silencio de aquella tarde.

Era la época de la guerra, o de la violencia como la llaman ahora. Liberales y conservadores se daban bala y machete venteado, no respetaban nada. A don Julio, un compadre de mi papá, lo mataron a plomazos delante de su familia por no cambiarse de bando. En su lecho de muerte, gritaba vivas al Partido Liberal y se vanagloriaba de que su sangre fuese roja y no azul. De esa guerra perdimos a mi abuela y a una tía. A mi abuela se la llevaron los godos y nunca más volvimos a saber de ella. De mi tía, nos enteramos años después de que un cabecilla de la «revolución» la hizo su mujer. La «revolución», así llamaban los viejos a las guerrillas comandadas por Guadalupe Salcedo.

Para mí fue el año de 1951 cuando ocurrió lo que voy a contar, aunque según mis hijos esa no es la fecha correcta. Mis padres tenían una finquita en la vereda Las Mesas, en Támara, recuerdo ese clima tan sabroso, todo templadito, y al río Pauto bordeando la finca. Mi madre, doña Rosita, se dedicaba a cultivar café. Don Emiliano, mi padre, era el encargado de cuidar los pocos animales que teníamos: cuatro vacas, una mula y tres perros. No teníamos mucho, pero vivíamos bien. Una mañana, mientras mi padre ordeñaba las vacas, vio a lo lejos a un grupo de hombres que se aproximaba en dirección a la finca. A pesar de la distancia, reconoció su procedencia, era gente de la «revolución». Cerca de cuarenta hombres, montados en bestias y armados hasta el fundillo, llegaron esa mañana al hogar de mis padres. El líder de ellos, al cual llamaban «Comandante», se acercó a los dueños de casa y les confirmó quiénes eran y el propósito de su visita. Además, solicitó comida y posada para sus hombres durante el tiempo que permanecieran allí.

La misión de la cuadrilla era tomarse Minas —un sector cerquita de Las Mesas—, matar a un viejo llamado Isaías, quien mandaba en ese lugar, y a unos cuantos que ya estaban fichados. Antes de instalarse, el Comandante previno a mi madre para que guardara, si tenía, a sus hijas o a cualquier otra mujer joven que se encontrara en la casa. A su mando había hombres de toda clase, desde los fieles devotos a los ideales del partido, hasta degenerados y sinvergüenzas que solo buscaban la oportunidad para hacer sus fechorías. Es que la «revolución» era tremenda, no igual a los godos, pero de vez en cuando también hacían sus vainas.

Mi madre acató la advertencia del Comandante y mandó a mi padre a esconder a mis tres hermanas y a mí en una peña pedregosa, a orillas del río. Allí permanecimos dos días, llenas de miedo y comiendo de lo poco que él lograba traernos a escondidas. Como yo era la mayor, tenía que consolar a las demás, recuerdo que les conté historias para calmarlas y también rezábamos el Padre Nuestro. Por fortuna, nadie nos encontró, ningún hombre curioso husmeó por esos lados ni sospechó de las escapadas de mi padre a ese lugar. Además, la corriente del río ayudaba a tapar el llanto de mis hermanas.

El grupo inspeccionó con cautela la zona antes de dar el golpe. Minas estaba a tan solo dos horas a caballo de Las Mesas. La operación debía ser un éxito, era la oportunidad perfecta para atacar a los pájaros, y, de paso, vengar a algunos compañeros asesinados en los últimos meses. Atacarían de noche. Una parte de ellos irrumpiría en una primera línea contra el objetivo, y los otros, aguardarían metros atrás a la espera de la señal de apoyo o para evitar que alguno godo se escapara.

Durante el segundo día de su llegada, la gente de la «revolución» esperaba en aparente calma el atardecer, momento en que se dirigirían hacia Minas. Algunos conversaban entre ellos, otros limpiaban sus pistolas o afilaban sus cuchillos, la idea era matar el tiempo antes de partir. Serían quizás las cuatro de la tarde, el sol ya comenzaba a esconderse, cuando uno de los vigías divisó a la distancia a un hombre que venía hacia ellos. De inmediato, todo el mundo se despabiló y desenfundó su revólver. Aquel hombre avanzaba presuroso y decidido, como si de él dependiera el cumplimiento de una importante misión. Al poderlo contemplar mejor, el vigía gritó aliviado:

––Es de los nuestros, mi Comandante. Es el Jacinto. La tranquilidad volvió a los cuerpos de todos y las pistolas retornaron a sus fundas. Agitado por la carrera, Jacinto entró a la finca sin saludar y preguntando por el Comandante.

—Allá está. —Le señaló con el índice derecho uno de sus compañeros.

—Mi comandante, este mensaje es para usted —exclamó Jacinto luego de entregarle la carta que con sumo cuidado traía consigo.

—¿Quién lo envía? —preguntó de inmediato el Comandante.

—Del alto mando, mi Comandante —contestó Jacinto.

En efecto, la carta provenía del comando central de las guerrillas liberales de los Llanos orientales. En ella, palabras más, palabras menos, explicaba a sus receptores que, tras llegar a algunos acuerdos con el gobierno nacional, toda actividad militar por parte de los dos bandos quedaba suspendida. «El fin de las hostilidades», rezaba la carta.

El grupo, que prestaba absoluta atención al Comandante durante la lectura de la carta, quedó perplejo cuando este terminó de leerla.

—¿Qué pasó, mi Comandante? —preguntó con cautela uno de sus hombres de confianza. El Comandante, secretamente aliviado, contestó con su habitual firmeza:

—Mi general Salcedo acaba de firmar la paz con Rojas Pinilla, de Moreno[1] pa bajo. Recojan todo que nos vamos.  


[1] Nombre que recibió entre los años 1850 y 1953 el hoy municipio de Paz de Ariporo, Casanare.

viernes, 23 de mayo de 2025

El mango: el árbol estoico del llano

Cuando el verano está por culminar y el invierno se acerca, hay un acontecimiento que sin duda alegra la vista al recorrer las carreteras de los llanos orientales: la temporada de los mangos. Da gusto ver esa cantidad de pepas verdes y amarillas colgando de los árboles, tan inmensa que a veces da la sensación de que nunca fueran a acabarse.

Y es que a pesar de las altas temperaturas, en ocasiones alcanzan los 36, 37 C°, este árbol consigue sostenerse y lograr una producción de frutos impresionante. Tan grande es su cosecha, que durante el segundo trimestre del año el mango se convierte en el alimento más accesible (por no decir que gratuito) de todas las clases sociales de la región, y también, en uno de los de mayor variedad gastronómica.

En una primera etapa, lo encuentras en la presentación más apetecida de niños y adolescentes: el mango biche, de la mano de mucha sal, limón y pimienta. Luego está la presentación favorita de las mamás: el jugo de mango. De ahí en adelante se te puede aparecer en un dulce, un postre o en una ensalada para acompañar las comidas, y claro, en el menú habitual de las heladerías.

Pero el mango no solo te ofrece su exquisita fruta, al ser tan frondoso y casi siempre de gran tamaño, la frescura de su sombra te protege de esos calores inhumanos. La infusión de sus hojas es usada para desinfectar heridas o tratar enfermedades gastrointestinales. Y cuando su tiempo ha llegado a su final, sus hojas y ramas secas son el combustible perfecto para una hoguera, y su madera, la materia prima de muebles e instrumentos musicales.

Sin duda, uno de los árboles más pluri-serviciales que se encuentra en la Orinoquia.

Su existencia es un símbolo de abundancia, de seguridad alimentaria, en tiempos de escasez, cualquier mango es caviar. También es una oda a la resistencia, al estoicismo. Ni el verano más fuerte, ni la falta de cuido, ni las piedras que le lanzan para bajar sus frutos, logran mermarlo. Intacto e incólume, nos demuestra una vez más que la naturaleza, la vida misma, no sigue lógicas ni maneras dictadas por el hombre.

Quizás su único punto negro, si es que queremos encontrarle uno, es el chiquero que deja tras la mudanza de su follaje y el mosquero causado por la mancha blancuzca de su fruto. Pero siendo justos, para un árbol de tan generosas regalías, que nadie abona ni riega, que por lo general ni siquiera se siembra –basta con arrojar una pepa de mango a cualquier parte y esperar que la lluvia y el sol hagan el resto­–, es un precio más bien irrisorio el que debe pagarse.

Tal vez no lo recuerde –entre más cotidiano es un evento, más invisible se vuelve­­– pero es muy probable que algunos pasajes de su vida estuviesen acompañados por la presencia de este árbol. Desde una divertida bajada de mangos con amigos o familiares, o mecido en un chinchorro contemplando la existencia bajo su sombra, él siempre fue el aliado perfecto de esos ratos alegres y apacibles. Tan perfecto que, pese a no recibir reconocimiento por su benevolencia, año tras año la siguió ofreciendo sin ningún reparo.

jueves, 20 de marzo de 2025

La vida va en serio

En Colombia, una buena parte de los adultos mayores[1] no tiene acceso a privilegios o asistencias que les permita llevar de manera cómoda y digna esa etapa de la vida[2]. Y aun así, contando con algún tipo de respaldo económico o familiar para afrontar la vejez, asumo lo poco grato que debe ser aceptar estar en edad de pensión. 

De repente, ya no mides el tiempo de manera normal, por años o por décadas, sino por la cantidad de presidentes de la república o Papas a los cuales has sobrevivido. No entiendes los temas de conversación de los más jóvenes, y cada tanto debes pedirles ayuda porque las nuevas tecnologías parecieran estar en contra tuya a cada momento.

Te das cuenta de que tus capacidades motoras han disminuido notablemente, que te cansas con facilidad, que al menor descuido, sin importar el sitio, te quedas dormido. Ahora debes usar gafas para ver el nombre de los medicamentos y no confundirlos, si es que no olvidas tomarlos. Tu memoria a corto plazo desaparece, junto con el nombre de algunos familiares o conocidos.

A menudo vives de mal genio y ya nada parece ser de tu agrado. Le pides a la gente que hable duro para poder escucharla. Das respuestas incoherentes en las conversaciones porque malinterpretas lo que te dicen, o asientes con la cabeza o pronuncias monosílabos porque en definitiva no entendiste nada.

No puedes comer esto, o beber aquello, porque se te suben los triglicéridos o el azúcar.  Tienes dolores constantes de cabeza, huesos y espalda. Sufres de hipertensión, te agarra la menopausia, la andropausia, la gota, o el reuma. Tu estómago se inflama con facilidad, y cuando vas al baño, parece micción imposible.

Pierdes injerencia en el trabajo o en tus actividades cotidianas. Tus decisiones no son acatadas como antes, tus hijos simulan estar de acuerdo contigo en algunas cosas para no llevarte la contraria. A tus conocidos les aburre escucharte contar las mismas anécdotas de siempre, ignoran tus consejos y fingen divertirse con tus chistes.

Te arrepientes de las cosas que no hiciste, de irte de un lugar, de no haberte ido, de que no fuiste lo que querías ser, de haberte creído invencible. Pierdes la cuenta de tus muertos, vives con el recuerdo latente de ese ser amado fallecido, y a pesar de estar rodeado de personas, quizás de tu familia, te sientes más solo que nunca.

Das gracias por todo y te pones sentimental por cualquier cosa. Te sientas en una silla afuera de tu casa a contemplar a los transeúntes sin poder reconocerlos, y piensas en el ayer, lo añoras. Te sientes desconectado del presente, te parece hostil, no hay espacio para ti en él, lo que reafirma tu creencia de que todo tiempo pasado, fue mejor.


[1] En Colombia, los adultos mayores son aquellas personas que tienen 60 años de edad o más (Art. 3 de la Ley 1251 de 2008).

[2] Según el DANE, solo el 25,5% de las personas en edad de pensión goza efectivamente de esta prestación económica. – M., J. R. (2023, junio 21). Estas son las condiciones de vida de los adultos mayores en el país. Portafolio. https://www.portafolio.co/economia/finanzas/adultos-mayores-en-colombia-cual-es-el-panorama-actual-584749.

martes, 21 de enero de 2025

Tenemos que hablar

¡Hola! Me agrada que el blog siga teniendo visitas, así que compartiré por aquí algunas de las columnas que publico en otros sitios. 

Como siempre, muchas gracias por leerme ✌️.  

Al revisar unos guiones radiofónicos, hechos por los participantes de un taller de radio, al cual fui invitado como tallerista, encontré que la mayoría de los escritos contaban con la generosa colaboración de ChatGPT.

Comencé a sentir curiosidad por lo bien redactados que estaban los guiones, sobre todo uno en particular. Párrafos cortos y bien estructurados, con más puntos seguidos que comas y con los signos de interrogación y admiración completos. No eran perfectos, pero sí extrañamente buenos para jóvenes entre los 18 y 25 años que por primera vez hacían este ejercicio.

Hasta ese momento, pese a ciertas señales de un posible plagio, lejos estaba de imaginármelo. Tal vez mi escaso conocimiento en los usos de las inteligencias artificiales, y el hecho de haber subestimado un copie y pegue para esta tarea, hicieron que mis dudas sobre la originalidad de los escritos fuesen minúsculas.

Pero todo cambió cuando entregué la retroalimentación de los guiones. A los grupos que participaron, les escribí por WhatsApp felicitándolos por su gran trabajo y por aplicar los consejos dados durante el taller. La mayoría de los grupos respondió a mis felicitaciones con gran satisfacción y reaccionando con emoticones o stickers, excepto uno. La respuesta de este excepcional grupo fue una lacónica, pero reveladora frase: vale gracias.

Ese «vale gracias», me recordó la escena donde Watson, en Sherlock Holmes 2, descubre al asesino en el salón de baile. Tras derribar de forma deliberada una bandeja con copas de champán, Watson observa con atención al único hombre de la sala que no desvió su mirada en dirección a las copas rotas.

—El asesino tomó precauciones para no delatarse… — comenta Sherlock Holmes en una escena simultánea a la del salón de baile.

—Podría no ser tan obvio, continúa Holmes — un tic nervioso, señales de ansiedad. O tal vez sea lo opuesto: olvidar actuar natural. Un actor tan inmerso en su papel, que la única característica que no exprese sea una reacción espontánea.

Luego de consultar a un amigo sobre cómo saber si alguien estaba usando ayuda extra en sus escritos, me recomendó un detector de ChatGPT que podía encontrar en internet. Al pasar los guiones por el detector, el resultado fue bochornoso. Más del 87 % del contenido de los textos había sido generado por una IA.

Sentí un leve enojo por el tiempo que invertí revisando los guiones, pero ni el fraude, ni el hecho de que hubiesen pretendido engañarme, me molestó. No es la primera ni será la última vez que alguien decida utilizar un contenido ajeno, y luego lo haga pasar como propio. El plagio está mal y se debe reprochar y castigar. Pero, como diría una frase popular, «por ahí no van los tiros».

Lo que experimenté tras lo sucedido fue más bien desazón, desazón de corroborar que día por día ya nadie quiere imaginar. Y no solo son los jóvenes, los más grandes también andamos en esas. O estamos muy saturados, o muy vacíos, que hemos decidido de manera paulatina huir de cualquier esfuerzo que implique pensar.

Nos conformamos con ese lenguaje soso, reiterativo y simplón que a diario se nos impone, y que, como buenos vasallos, aceptamos sin mayor protesta. Estructurar palabras o sonidos de tal manera que nos permitan extraer la belleza habitada en ellas, nos abruma, nos molesta. Siempre jugando a lo seguro, a lo fácil, aplicando la ley del mínimo esfuerzo.

Viene bien para este momento, lo dicho por Estanislao Zuleta en su ensayo Elogio a la dificultad [1]:

«Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades».

Hace poco vi en YouTube el Tiny Desk de Ca7riel & Paco Amoroso, dos músicos argentinos, que me voló la cabeza. Dos tipos, acompañados por un grupo de músicos estelares, interpretaron una serie de canciones con una cantidad de ritmos entremezclados, letras sensuales y extravagantes, y un solle brutal. Una locura que dura aproximadamente 17 minutos, y que quizás sea uno de los mejores productos audiovisuales del 2024.

Al verlos, pensé en lo importante de su existencia en un mundo como este: plagado de frases hechas, de sonidos y mezclas predeterminadas y de inteligencias artificiales escribiéndote qué decir. Se necesitan muchos como Ca7riel & Paco que quieran arrojar la bandeja al suelo, y que con el ruido de las copas le hagan saber a la gente que está viva, que se vale innovar, que el miedo a la experimentación y al raciocinio solo es propio de seres inseguros y limitados.


[1] Zuleta, Estanislao. (2017). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Editorial Planeta. https://www.planetalector.com.co/usuaris/libros_contenido/arxius/44/43162_1_Elogio_de_la_dificultad_contemporaneo.pdf

La inutilidad de la amistad

Mientras comía empanadas en un pequeño local, dos mujeres muy cerca de mí conversaban sobre un hombre que le daba la oportunidad a una de ellas de tener un empleo.

—Por fin sirvió ser amiga de ese man, dijo la más joven.

Me causó gracia pero no extrañeza las palabras de la chica. Por supuesto, su comentario no deja de sonar algo egoísta. Pero que los vínculos humanos, como la amistad, estén basados en el rédito que de él pueda obtenerse, no es una novedad.

Aristóteles decía que existe una amistad basada en la utilidad, donde lo que se valora de un amigo es su beneficio. Y aunque para muchos esta idea puede ser discutible, es viable según el propio Aristóteles cuando hay una comprensión compartida del origen de la amistad [1]. Dime que tan útil eres y te diré que tan amigos podemos ser, sería quizás el adagio aplicable en este caso.

Sin embargo, pese a existir consenso y conciencia del tipo de amistad que estamos entablando, ese provecho recíproco con el tiempo puede derivar en un repugnante manoseo del otro.

Decir que al entablar una relación de afecto con alguien no haya ningún tipo de interés, sería mentir. Porque aunque no busquemos nada material, podemos estar tras esas sensaciones que nos hacen bien y que no encontramos en otro lugar. Pero relegar un vínculo tan bello como la amistad a una mera transacción de beneficios, no deja de parecerme propio de seres mezquinos.

Y es justo allí donde me surge un par de interrogantes: ¿Debe la amistad ser un intercambio recíproco y constante de ayudas y favores?, ¿considerarse buen amigo de alguien significa estar siempre a su lado? Algo me dice que estamos condicionando los lazos afectivos a una continua prestación de servicios personales, que de interrumpirse, podría dar origen a una serie de disgustos y malentendidos, en el mejor de los casos.

Todos necesitamos en algún momento esa mano amiga, ese abrazo o ese consejo indicándonos que todo estará bien. Anhelamos tener a alguien que, en la enfermedad o el desempleo, nos dé su apoyo y nos haga saber que no estamos solos. Pero pretender recibir ayuda cada vez que la requerimos, aparte de ser materialmente imposible, es de un egoísmo y atrevimiento propio de esta época.

Tal vez no haya objeción en que un buen amigo es aquel con el que disfrutas los días soleados, y al mismo tiempo con el que te resguardas cuando el sol raya de frente. ¿Pero y si concertarnos que la amistad también es conversar sobre cosas sin importancia? De recordar las novelas y los muñequitos que de niño veías en la T.V. o de compartir una cerveza o una comida un viernes por la noche echando chisme.

Ni hablar de ese libro que regalas por el simple de hecho de creer que le gustará a esa otra persona, o le hará bien su lectura.

Hay un pasaje en el Libro del desasosiego, de Pessoa, que dice: «¿Por qué es bello el arte? Porque es inútil. ¿Por qué es fea la vida? Porque está llena de fines y propósitos e intenciones».

Un amigo de verdad no atiende tu llamado de auxilio para acumular puntos y luego redimirlos al necesitar un favor tuyo. Te ayuda porque odiaría saber que las conversaciones sobre asuntos sin importancia, no van más. Sentiría un gran vacío al no poder enviarte esa frase interesante que encontró en el libro que está leyendo, o ese meme o tuit divertido que vio en internet.

La vida ya de por sí es compleja (y eso es quedarse corto), como para imponerle a otro parroquiano la difícil tarea de salvarte el pellejo cada vez que lo requieras. Aprendamos a disfrutar lo hermoso de lo inútil, y tal vez las decepciones serán menos. Y los amigos, los buenos, más.


Referencia:

[1]   Katz, Emily. (01 de junio de 2023). Tres lecciones de Aristóteles sobre la amistad. Ethic. https://ethic.es/

 

domingo, 23 de junio de 2024

Un gracias es todo lo que puedo ofrecerle

Debe ser porque es junio, porque me parece que el ambiente en Colombia huele a cansancio, o a que llueve casi todos los días, que creo escuchar Las tardes grises de junio de Jorge Guerrero en cualquier lugar. Es eso, o se me corrió la teja del todo.

Entro a una tienda a comprar una botella de agua, está sonando la canción. Paso cerca de un billar o una cantina, los clientes tararean la canción. Prendo la radio, ¡y oh sorpresa!, el locutor anuncia que a petición de un fiel oyente dejará sonar esa canción. Incluso el otro día, mientras pagaba el recibo de la luz, un reciclador, muy impávido él, caminaba por la calle empujando una carreta de la cual a todo volumen Guerrero cantaba su famoso tema.

Tal vez sea esa inevitable manía mía de ver todo desde la óptica literaria, que creí en un primer momento que aquella sucesión de encuentros musicales trataba de decirme algo. Pero a pesar de mi rápida búsqueda, temía que el supuesto mensaje se diluyera en la región del olvido, no lo encontré. O no lo vi, o era de nuevo mi habitual sobrepensadera haciendo de las suyas.

Por suerte se me pasó la pendejada. Luego, pensé en la acertada decisión de acompañar mi existencia con la música de Jorge Guerrero. No recuerdo con exactitud el momento en que empecé a escucharlo, pero viviré agradecido por siempre a lo que sea que me haya acercado a él. 

Es extraño el aprecio que siento por este cantautor, su único mérito para despertar mi afecto, es hacer parte de su obra una gran oda a la melancolía. Pero de alguna manera creo entender aquella estima. Me reconozco en esa nostalgia artística del «Guerrero del folclore», en esa manera tan suya de expresar el dolor y en la sensibilidad que le permite compartirlo con sus seguidores.

Y es que a quien no se le ha suavizado la vida al escuchar un «guerrerazo», que alce la mano al que Guayabo de mes y pico no le haya arrugado el pecho, o que Mi testamento no haya intentado lagrimearle los ojos. Nadie mis hermanos, que ose decir amar la música de la tierra plana, habrá salido ileso de las letras del hijo querido de Elorza. 

Esa voz lastimera y sosegada ha paliado los días más amargos de muchos. Nos ha recordado lo intrascendente de nuestras vidas, y lo bueno que así sea. Nos ha enseñado a ir por el mundo sin tanto afán ni complique y ha acompañado esos tragos en nombre de un amor traicionero, o un calambre en el alma.

Un gracias es poco, pero es lo único que puedo ofrecerle al señor que ha inspirado este texto. Espero el destino lo trate con la mayor benevolencia posible y que los aparatos de sonido no lo apaguen jamás.

domingo, 24 de marzo de 2024

Morichales: El llano que no sale en las fotos

 ¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

—  El llano en llamas, Juan Rulfo

Llegar a Los Morichales, vereda ubicada al nororiente de Paz de Ariporo/Casanare, nos tomó cerca de cinco horas de viaje desde el casco urbano de este municipio, por carretera en gran parte destapada.

Antes de arribar a aquel lugar, se debe pasar por veredas como Montañas del Totumo, punto preferido por los viajeros para refrescarse o estirar las piernas. Hasta allí (dos horas de camino), a pesar de ser zona rural, el entorno te hace sentir que la «civilización» está a la vuelta de la esquina: flujo vehicular frecuente, señal de telefonía aceptable, billares y tiendas de abarrotes, hacen del sitio una semejanza a un municipio de sexta categoría.  

La cosa se torna distinta al dejar atrás el sector. La vía se vuelve de un solo carril y las casas a la orilla de la carretera comienzan a desaparecer, al igual que las líneas de energía eléctrica y los vehículos. Ya sin conexión móvil, el tiempo parece transcurrir de manera distinta a lo habitual, ni más despacio ni más rápido, solo diferente, como si hubieses atravesado una grieta temporal que te lleva de una dimensión a otra.

De pronto, observas como los montes son remplazados por matas de moriche, los espejos de agua nacen como oasis en el desierto, y el silencio, apenas interrumpido por la fuerte brisa, se vuelve una constante. Planicies interminables, marranos sabaneros paseando sus crías, venados atentos al peligro, galápagas y babillas dándose un baño de sol y aves de todos los tamaños y colores, completan el cuadro.

Aquí la frase: «El llano es un paraíso», muchas veces sobreactuada, cobra vigencia.

Mi visita a Los Morichales lastimosamente no obedecía a una excursión turística o una salida recreativa. En virtud de mi calidad como apoderado judicial dentro de un proceso policivo, debía estar presente en la audiencia de inspección ocular a realizarse en los predios objeto de litigio.   

El objetivo de la inspección era constatar la perturbación a la posesión ejercida por los demandados hacia mis clientes, la cual se materializa en el impedimento de poder cercar sus fincas y luego venderlas.

Padres, hijos y hermanos se disputan a la vieja usanza el derecho a la propiedad sobre terrenos que aducen pertenecerles. Entre agresiones físicas y verbales, amenazas de muerte e intimidaciones, aquella familia transita el círculo maldito que rodea desde siempre a la tierra en Colombia: usurpación, despojo, odio y venganza.

Bajo la candela inclemente del sol de marzo, rodeado de rostros cuya piel ese mismo sol y muchos otros soles se encargaron de oscurecer, el funcionario responsable de verificar los linderos hacia su trabajo. Yo me limitaba a contemplar un gran estero que estaba cerca de nosotros, el cual, nos enteraríamos después, es una de las principales razones de aquel conflicto.

Al ser la única fuente de agua para los animales en el verano, nadie está dispuesto a perder la posibilidad de usufructuar este recurso, así toque atentar contra la integridad de una persona, sin importar siquiera si es un familiar.

Irónico, la riqueza que hace inigualable este lugar, al mismo tiempo provoca los males de quienes lo habitan.

Me pregunté entonces, porque Dios, o a quien corresponda el mérito, se tomó la molestia de crear este paraíso para luego abandonarlo, para permitir que la injusticia obre a sus anchas. Al ver el horizonte, obtuve la respuesta. Dios no lo abandonó, solo que al crear tal infinitud, no se percató de la imposibilidad posterior de verlo todo, dejando puntos muertos en los cuales bien podría el hombre cometer sus fechorías.

Revisados los linderos, y con la promesa clara oscura de los demandados de permitir cercar ciertos puntos, aguardando por el dictamen pericial y el fallo del proceso para la cerca total de los predios, emprendimos el viaje de regreso.

Esfumado el embeleso con el que llegué a Los Morichales, se me hizo tan lejano este llano a esa versión espléndida y tranquila replicada en muchas partes. Pero creo que más que lejano, es desconocido. Este llano siempre ha estado ahí: el robo de ganado, la usurpación de tierras, las corridas de cerca, presencia de grupos armados y la ley por mano propia, no son fenómenos recientes.  

El llano, como la luna, también tiene su lado oscuro, ese que casi nadie ve o del que poco se quiere hablar, ese que no sale en las espectaculares imágenes publicadas en Instagram o Facebook. Es un lado agreste y recio, implacable con quien osa habitarlo, y nada indulgente ante el mínimo indicio de fragilidad.

 

jueves, 15 de febrero de 2024

Dios salve a las peluquerías

El mundo, tal y como los conocemos, con sus afanes y atropellos, sucede en otro lugar, no allí. Encuentras divertidos por muy malos que sean los chistes de la estilista, te causan gracia las anécdotas del barbero y prestas suma atención a los chismes contados por los clientes.

jueves, 21 de diciembre de 2023

A pesar de...

"A pesar de..." es mi última entrada del año, inspirada en mis turbulencias emocionales de este 2023. Espero como siempre sea de su agrado.  

domingo, 23 de julio de 2023

La mancha rectangular 

Hola. Aquí puedes escuchar mi más reciente entrada 👇. 


Música: https://www.youtube.com/watch?v=tXo52-_Zv04

*Hubo un pequeño error en la enunciación de los dedos, es el dedo corazón, no anular. 

*La palabra en inglés es fear .

domingo, 18 de septiembre de 2022

Alegrías chiquitas

Dada mi cercanía con H, le pregunté si había espacio para mí en sus clases de guitarra. Me respondió que sí, que justo uno de sus alumnos dejó de asistir hace unos meses, por lo que tenía un cupo disponible. Quedamos en que iniciaría clases a la semana siguiente.

Uno de mis deseos de adulto ha sido aprender a tocar guitarra. Hice un primer intento hace un par de años. Para ese entonces, YouTube fue mi guía, mi maestro y principal fuente de información en esa etapa de aprendizaje. No resulto nada bien eso de ser autodidacta. Por cerca de dos años intenté tocar la guitarra de manera decente, pero nunca llegue hacerlo. Apenas si aprendí algunas melodías y una que otra canción, y eso a medias.

De ahí en adelante, mis esfuerzos se fueron haciendo cada vez más esporádicos y poco fructíferos, hasta que finalmente perdí toda motivación por el asunto.

Conocedor de mis intentos infructuosos, H me preguntó que deseaba aprender. Me pareció bastante pertinente su pregunta. Le dije que quería empezar desde cero, que me enseñara lo básico y fundamental sobre el instrumento, y que además, tomara como nula mi poca experiencia con él.

Durante la primera semana, H me explicó los conceptos básicos de la teoría musical. Me mostró que era una nota, que era un tono, un semitono, las escalas y algunas de sus clasificaciones. A la par, me indicó que practicara en casa ciertos ejercicios en la guitarra, me ayudarían a estimular el movimiento de los dedos en ambas manos.

Comencé a crear cierta expectativa por este nuevo intento. De alguna manera, el hecho de contar con alguien que guiara mi aprendizaje, me hacía sentir bastante motivado.

A fin de practicar los ejercicios, busqué mi guitarra en el altillo de mi cuarto, lugar donde la tenía guardada. Me dio cierto guayabo ver el estuche repleto de polvo. Por fortuna, aquella protección mantuvo la guitarra en perfectas condiciones.

Una vez afinadas las cuerdas, me dispuse a realizar la tarea. Mis manos estaban duras, por lo que al principio me costó trabajo hacer algunos movimientos. Luego, a medida que se fueron calentando, los ejercicios se hicieron cada vez más asequibles. Me alegro saber que mis dedos, aunque lentos, no eran tan torpes como cuando recién iniciaba en este tema, lo que era una buena noticia, la poca habilidad que adquirí en mis anteriores intentos no se había perdido del todo.

Tan pronto creí tener dominada la tarea, hice un breve descanso. Luego, a manera de recompensa por la labor cumplida, me concedí la libertad de practicar algo diferente a los ejercicios encomendados por H. Se me ocurrió tocar una de las primeras melodías que aprendí, pero no lograba recordar ni la posición de los dedos ni las notas que debían ejecutar. Sin embargo, ajustando una famosa frase de Voltaire a la situación, coloqué mis dedos en las cuerdas buscando encontrar eso que alguna vez supe, sin saber muy bien por dónde, como los borrachos buscan su casa sabiendo que tienen una. 

No se imaginan la emoción que sentí al ver que lo que mi cabeza no lograba recordar, mis manos sí. Qué increíble sensación, mis dedos le daban, aunque de manera torpe, vida y sonido a esa melodía, y de paso a mí.

En un mundo donde todo parece tener la imperiosa necesidad de ser rimbombante y estrepitoso, hallar alegría en lo mínimo resulta extraño. Hasta nos puede llegar a parecer ajena esa experiencia. Hemos perdido tanta sensibilidad por lo pequeño, que nos cuesta reconocer la grandeza de su hermosura, convirtiéndola muchas veces en invisible e inexistente.

Voy por la tercera semana de clase, admito que la teoría me está dando duro. Comprender el lenguaje musical y todo su andamiaje me ha representado una tensión cognitiva que no experimentaba hace mucho. Espero no claudicar en este nuevo intento, y cumplirle el sueño a este adulto inconstante. 


*La melodía en cuestión 👇.

 


domingo, 14 de agosto de 2022

No es lugar para introvertidos

«No es fácil asimilar, al menos no para muchos, que algunas personas estando en todas sus facultades para hablar procuren no hacerlo. No lo entienden, y explicárselos sería un proceso bastante complejo, y aun así seguirían sin comprender».

«No es lugar para introvertidos» es mi más reciente entrada.  Está inspirada en aquellos seres que hablamos poco o casi nada, pero que aun así tenemos mucho que decir. ¡Espero como siempre sea de su agrado! 

* Hace algún tiempo encontré este video en YouTube que me pareció interesante. Habla sobre los introvertidos y algunos de sus comportamientos más notorios. Así que dejo por aquí el link si desean verlo.  https://www.youtube.com/watch?v=9kaVio7XLck 

domingo, 8 de mayo de 2022

La ciudad perdida

Como llevaba tiempo sin escribir nada, quise esta vez narrar el nuevo post en formato podcast. ¡Espero les guste!



 

viernes, 4 de marzo de 2022

Ojos claros, manchas ala de mariposa y mirada dura

Me tomaba un tinto cuando mi madre comenzó a contarme que la vecina que vivía a la vuelta de la esquina había muerto, la bajita de cabello corto. Según me dijo, su salud se deterioró bastante en el último tiempo, le habían amputado los dedos de los pies, presentaba moretones en la piel, y cada vez se hacía más calva. Padecía de lupus.

Aquella vecina tendría quizás unos treinta, treinta y cinco años. De ojos claros, mirada fuerte y un rostro duro. Nunca llegué a entablar conversación alguna con ella. Apenas si en un par de veces nos saludamos al reconocernos en la calle. Nos saludábamos como suelen hacerlo esos extraños que apenas se conocen, levantando de forma suave la cabeza, al mismo tiempo que se estiran sutilmente las cejas hacia arriba. Siempre me ha parecido una genialidad ese saludo, dos personas comunicándose a través gestos, pronunciando frases sin hacerlo, escuchando palabras sin oírlas.

Recuerdo que hace menos de un año la vi en el hospital, estaba acompañado a su madre a colocarse la vacuna contra el Covid-19. Al percatarse de mi presencia, me saludó como era habitual. Pero esta vez noté algo diferente, aquel rostro duro dejaba escapar una breve sonrisa. Tal vez fue la coincidencia, la casualidad de toparse con un extraño conocido en un lugar cualquiera, lo que causó que aquella mujer esbozara esa sonrisa. Lo cierto es que cuando lo hizo, vi un rostro que no había visto antes, como si fuera otra persona. La mujer de la mirada dura y ojos fulminantes ya no estaba, en su remplazo, se encontraba un ser de apariencia amable, de gestos dulces y con dos destellos, que aunque suaves en su luz, tenían la intensidad necesaria para despertar simpatía en quien pudiera apreciarlos.

Me parece agradable pensarlo de esa manera, aun cuando mi apreciación está algo contaminada por el conocimiento de su enfermedad. Pero alejado de cualquier sentimiento lastimero y compasivo, aquella sonrisa fue algo bello. La vecina moría lentamente, sus entrañas estaban siendo carcomidas por el dolor, sus días se le escapaban entre consultas médicas interminables y tratamientos insufribles. Sin embargo, pese al incalculable martirio que padecía aquel reducido ser, aún conservaba aliento para una sonrisa, para sostenerse ante la tragedia y ocultarle al mundo su dolor.

No deja de sorprenderme lo irónica que es la vida, la compleja relación inevitable entre los opuestos. Nadie, absolutamente nadie valora más la existencia si no aquel que la encuentra amenazada. Solo ahí, cuando siente la inmensa fragilidad de su ser, la insignificancia absoluta que representa para el mundo, comprende el gran regalo que tiene, y lo tonto que ha sido por desperdiciarlo hasta ahora.

Nunca supe cómo se llamaba, ni a que se dedicaba. Si alguna fue feliz, si se enamoró, si amo de verdad, si le cumplió los sueños a esa niña que fue, si hizo lo que quería con su vida. No lo sé. Lo único que sé es que aquella mujer de mirada dura, la de las manchas en sus mejillas en forma de ala de mariposa, ya no está, y no estará jamás. Se perderá en el olvido como lo haremos todos. Siendo polvo, siendo nada. Eso sí, con la satisfacción en la memoria de quien aún la recuerde, de que, incluso en el más oscuro de sus días, bifurcó las nubes negras con la más sincera y hermosa de las sonrisas.  

martes, 8 de febrero de 2022

Un domingo por la noche

"Que nos roben, que nos asesinen, que nos torturen; nos resulta una vil mentira, una negativa ilusión onírica que creemos acabará al despertarnos de la misma. Pero esta ilusión se repite una y otra vez, condenándonos a vivir de forma continua en un círculo lineal..."

Disponible aquí 👇



lunes, 24 de enero de 2022

Que un gofio no lo deje en evidencia

Mientras me comía una hallaca, doña Rubiela hablaba sobre su infancia en el campo, las actividades que realizaba allí y lo mucho que añoraba esas épocas, sobre todo por la comida. Extrañaba el Gofio hecho por su madre, ese que devoraba en segundos durante los recreos de la escuela.  

Al no saber que era un Gofio, le pregunté a doña Rubiela sobre ello. Su cara de asombro me causó gracia. Me dijo que era un dulce hecho a base de maíz y muy tradicional del llano, por cierto, que si no lo conocía probablemente no era oriundo de estos lares. Acto seguido, me hizo una pregunta que vi venir: ¿De dónde es usted?

Es confuso, porque, aunque nací en el llano, me crie en él, y me siento orgulloso de eso, todo en mí dice lo contrario. Ni mi acento, ni mi vestir ni mi idiosincrasia se enmarcan en ese concepto tradicional sobre el ser llanero.

La explicación es simple, mis padres no son oriundos de por aquí. Poseen y conservan gran parte de los elementos culturales de sus lugares de origen, los cuales han utilizado para la crianza y formación de mi hermano y mía. De ahí que mi conocimiento respecto a un montón de saberes culturales de la región sea escaso.

Por eso, cada vez que escucho decir: «es que usted no tiene cara de ser llanero», aunque no me ofende ni me afecta, no dejo de sentir cierta rasquiñita en el pecho. Entonces me pregunto, si no soy del llano, ni tampoco pertenezco a los lugares de origen de mis padres, ¿De dónde soy?, ¿a dónde pertenezco?

Entiendo el asombro de muchos que, como doña Rubiela, tienen sembrado en el imaginario la concepción única de lo que es ser llanero, y lo curioso que debe ser escuchar a alguien como yo decir que lo es. La narrativa cultural de muchos lugares de la Orinoquia ha creado un discurso hegemónico e impermeable respecto a la llaneridad, soslayando que la misma puede experimentarse de múltiples maneras, sin afectar en lo más mínimo el objetivo primordial: el amor por el llano.

Ser un llanero no convencional trae consigo algunos estigmas, sobre todo el de la impureza de la raza. Y es apenas lógico, para la cultura tradicional no ha de ser de buen recibo que alguien que no sabe ensillar un caballo, o naricear un toro, ose llamarse hijo de la tierra plana.

Pero no hace falta vivir ensombrerado ni escupir chimú para garantizar la calidad de llanero, ni tampoco no saber que es un gofio. El criollo que llevamos dentro se enorgullece cada vez que coreamos a grito herido un pasaje lastimero de Guerrero, o armamos algarabía en la manga tras una vuelta e’ campana.

Entiendo la necesidad, casi obligación, de ser parte de algo. Precisamos de esa condición que nos identifique, que certifique nuestro estatus como miembros de un todo, y que a su vez ese todo pueda reflejarse en nosotros. Y es así por una simple razón, el no pertenecer a nada, el no identificarse con una serie de elementos inmateriales, de sentimientos y valores propios de un grupo determinado, es sinónimo de desviación, de irracionalidad. Y ante esa conducta el conglomerado social solo sabe proceder de una única forma, excluyendo.


Doña Rubiela se apresuró a dar respuesta a su pregunta.

—Usted tiene cara de ser de Boyacá, me dijo con algo de sorna.

— No, sumerce, no está ni cerca, le respondí devolviéndole la pulla.

 
* Dejo el enlace aquí de un video que encontré y me pareció interesante respecto al dulce de Gofio. 

De día, de noche

Ilustración de: Camila cuida Hay algo dentro de ti Es difícil de explicar Están hablando de ti, chico Pero tú sigues siendo el mismo [1] L...